SANDIA

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He tardado casi una hora en encontrar lo que quería, es lo que tiene salir de compras sin saber lo que vas a comprar, sin necesitar nada, tenía antojo de algo pero no sabía de qué.

Además el ambiente en la parte vieja donostiarra a las diez de la mañana un día de Semana Grande es casi insoportable, furgonetas, repartidores cargados hasta las cejas, policías municipales dando el coñazo, señoras haciendo la compra, niños jugando donde no hay sitio material para ello, y cuadrillas de quinceañeros preparándose para ir a la playa, con sus mochilas, sus tablas de surf, no tienen prisa, no avanzan (además con esa edad las cuadrillas son de más de veinte, dentro de unos años la mitad ni se hablarán).

Después de varias tiendas y de darme una vuelta por La Bretxa, en la calle Pescadería, en Aitor Lasa, media sandía me ha mirado desde el fondo del estante, ha sido amor a primera vista, un flechazo en toda regla.

Me la he llevado a casa, la he limpiado, le he quitado la piel, las pepitas, la he troceado, y la he metido en el robot de cocina, estaba tan fresca y tan jugosa que no ha hecho falta añadirle nada.

Tengo casi dos litros de sandía, en el primer trago me he tenido que contener, quiero dejar algo para la merienda, y además a mi mujer no le gusta, es sólo para mí.

¿Se puede ser más feliz?

Escrito por Loren Herrero.

Crédito fotográfico by Adrián Fenoll

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