A Propósito del Tomate.

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Foto: López de Zubiria.

¿Se puede vivir sin tomate? Por supuesto que sí, como sin vino, sin patatas, sin amor, sin mar, se puede vivir, pero la vida no sería lo mismo, y mucho menos en verano.

El tomate a mordiscos es algo salvaje, con un toque desconocido, una textura diferente, para comerlo así tiene que estar maduro, pero no blando, rojo y muy jugoso, si acaso se puede añadir un poco de sal en cada mordisco, son bocados de placer bestiales.

En ensalada no tiene secretos, para gustos los colores, el punto de madurez también es personal pero yo lo recomiendo un poco verde, por supuesto recién cortado, con sal (a poder ser en escamas) y aceite de oliva, si acaso un toque de vinagre pero muy suave. El acompañamiento es infinito, me podría eternizar.

A la plancha es cremoso, se pronuncia su sabor y adquiere textura mantequillosa. Admite bien las hierbas, tanto frescas como secas, siendo el orégano y la albahaca sus parejas preferidas. En caliente con otras verduras o en frío con un buen bonito en aceite o unas anchoas. Salivar no es pecado y gozar es muy sano.

En las sopas de verano es el rey indiscutible, gazpacho, salmorejo, o el Bloody Mary del trasnochado. Hasta el cherry tiene su gracia, explotarlos en la boca nos recuerda que hay placeres al alcance de cualquiera.
El de pera es especial, por ser el más barato y usado, no hay salsa que se le resista, debería tener una estatua en cada plaza, tiene nombre sugerente y gracias a los Italianos es el mas Internacional.

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ODA AL TOMATE

La calle
se llenó de tomates,
mediodía,
verano,
la luz
se parte
en dos
mitades
de tomate,
corre
por las calles
el jugo.
En diciembre
se desata
el tomate,
invade
las cocinas,
entra por los almuerzos,
se sienta
reposado
en los aparadores,
entre los vasos,
las mantequilleras,
los saleros azules.
Tiene
luz propia,
majestad benigna.
Debemos, por desgracia,
asesinarlo:
se hunde
el cuchillo
en su pulpa viviente,
es una roja
víscera,
un sol
fresco,
profundo,
inagotable,
llena las ensaladas
de Chile,
se casa alegremente
con la clara cebolla,
y para celebrarlo
se deja
caer
aceite,
hijo
esencial del olivo,
sobre sus hemisferios entreabiertos,
agrega
la pimienta
su fragancia,
la sal su magnetismo:
son las bodas
del día,
el perejil
levanta
banderines,
las papas
hierven vigorosamente,
el asado
golpea
con su aroma
en la puerta,
es hora!
vamos!
y sobre
la mesa, en la cintura
del verano,
el tomate,
astro de tierra,
estrella
repetida
y fecunda,
nos muestra
sus circunvoluciones,
sus canales,
la insigne plenitud
y la abundancia
sin hueso,
sin coraza,
sin escamas ni espinas,
nos entrega
el regalo
de su color fogoso
y la totalidad de su frescura.

Pablo Neruda.

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