Crónica de mi gol olvidado.

Aquel año habíamos llegado a la final, nos lo habíamos merecido, era nuestro premio y sabíamos que no podíamos aspirar a más. El todopoderoso Lengokoak, hecho a base de fichajes nos había sacado 12 puntos y nos había ganado las dos veces que nos habíamos enfrentado ese año, no habían perdido un solo partido y llegaban pletóricos a la final.
Nosotros afrontábamos el partido como lo hacen los equipos pequeños en casa del grande, sin complejos, con todo perdido y sin ninguna presión. La grada de cemento estaba a rebosar, incluso había público a pie de campo, detrás de las porterías, se había hablado mucho de aquel partido, más que de aquel partido, de aquel equipo que no perdía nunca, que goleaba y humillaba a partes iguales. Había incluso algún fotógrafo y la redacción del Diario Vasco había enviado a un plumilla por si pasaba algo importante. No sería mas que una reseña al final de las páginas de fútbol, pero para nosotros eso en aquellos tiempos, era lo mas cercano a la gloria.
Mi hermano, un año mayor que yo, era el portero y el capitán del Lengo, había conseguido el sueño que perseguíamos los dos desde pequeños, cuando nuestro padre nos levantaba pronto los domingos para ir a Anoeta a ver partidos. Los veíamos todos y soñábamos con que algún dia defenderíamos aquella camiseta negra y blanca de franjas horizontales. El campo de gravilla lo conocíamos mejor que nuestro cuarto y el túnel por el que se accedía lo habíamos recorrido tantas veces como el pasillo de casa.
El partido se nos puso de cara muy pronto con un golazo de Jose Mari “Coco” en el que mi hermano Pintinho no tuvo nada que hacer. Llegamos al descanso con ventaja, en el vestuario nos mirábamos incrédulos, el Lengo siempre resolvía los partidos en la primera mitad y en la segunda se dedicaban a rematar la goleada. Al mediar la segunda parte, se empezaron a poner nerviosos, no estaban acostumbrados a ir por detrás en el marcador y fallaban goles cantados, en un barullo en nuestro área a diez minutos para el final, el balón se coló en la portería, no se sabe ni quien fue el último que lo golpeó, el acta reflejó a Imanol “el del Derteano”, el caso es que sus caras se relajaron, volvieron a ver el partido ganado y nosotros lo seguimos viendo perdido, ya que en ningún momento nos lo habíamos llegado a creer.
Pero los minutos pasaban y el marcador seguía reflejando el empate a uno, de uno de los zapatazos habituales de Ramos, nuestro central, salió un pase largo imposible de alcanzar, pero Matute que no había dado ni un paso de mas en todo el partido y estaba tan fresco como al empezar, salió disparado y logró llegar al balón pasado el centro del campo, tras él corría como un desalmado un animal de metro noventa dispuesto a partir en dos a aquel inconsciente que quiso ser un héroe, lo consiguió pero ya dentro del área grande, le partió la rodilla por todos lo sitios posibles, el pobre Matute no pudo ver el final del partido, roto de dolor, se lo llevó su padre en el Seat 124, camino del hospital.
Penalti y expulsión a punto de llegar al final, nadie se lo podía creer, hubo que proteger al árbitro porque mas de un padre se lo quería comer, yo en medio de la tangana, me acerqué al banquillo a beber un poco de agua, busqué la mirada cómplice de mi entrenador, quería oír aquello de “mejor no lo tires tu” pero lo único que me dijo fue, “ya sabes lo que tienes que hacer, dale a romper como siempre”
Coloqué el balón donde más o menos estaba el punto de penalti, cuando di un paso atrás, mi hermano vino y lo movió, intentaba ponerme nervioso y lo había conseguido, volví a colocar el balón, retrocedí y soñé con tirarlo a lo Panenka, pero no tenia la suficiente calidad, mi arma era el balonazo, cuanto mas fuerte mejor.
Pintinho me miraba a los ojos, decía que en los ojos de quien chuta, se puede adivinar si lo va a meter o no, yo miré a su derecha, indicándole que se lo iba a tirar por ahí. Para entonces, la mayoría de la grada se había colocado detrás de la portería, vi a mi padre, mirando sin querer ver, el árbrito hizo sonar el silbato y yo lancé el balón con todas mis fuerzas, le di tan mal que me salió un tiro raso que se coló pegado al poste derecho, imparable, me hice hasta daño porque golpeé en el suelo antes que en el balón. No me dio tiempo a celebrarlo, ya que todos se me echaron encima, yo solo quería pedirle perdón a mi hermano, pero cuando conseguí levantarme ya habían pitado el final y los jugadores del Lengo se habían ido a la ducha.
No volvimos a hablar del tema, mi día de gloria pasó desapercibido, como si aquella final no se hubiera jugado y yo, no hubiese metido aquel gol, mi gol olvidado.

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11 respuestas a Crónica de mi gol olvidado.

  1. makotogim dijo:

    Que bueno Loren!! No acierto a saber quien eres de la foto!! que pintas tenéis!!!

  2. Sin levantar cabeza desde la infancia… así se explica…

  3. Ana dijo:

    Tu momento de gloria fue que se tirasen todos encima, ¿no? 🙂

  4. Maritxu dijo:

    Ay, pobrín, qué injusta es la vida a veces; aunque sea un poco tarde, yo te felicito por ese golazo y de olvidado, nada, me está gustando tanto este blog que sé que voy a recordar tu gol como recuerdo todos los-pocos-goles que ha metido mi hijo, ay, qué felicidad ver a un niño feliz, un beso, txiki!

  5. Imanol "el del Derteano" dijo:

    Que grande Loren! El día que diste tu primer swing en un campo de golf, pensé que esa imagen ya la había visto antes. Joder, es que fue clavadito al penalti. Un gusto leerte.

  6. cris dijo:

    Muy bueno el relato, me ha encantado!!!

    Menuda tensión tendriais los dos pensando lo paro o no lo paro, meto gol o chuto fuera!jejejejeje Eso de competir contra tu propio hermano nunca ha sido bueno!jejej

    Molts petons!

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