Los aromas del tiempo.

Ahora resulta que los meses tienen un olor característico. Yo en parte lo entendía con las estaciones pero con los meses se me escapa. Resulta increíble que en pleno agosto huela a septiembre siendo estos dos los últimos meses del verano y además en Donosti, que lo mismo llueve que sigue lloviendo.
Aunque también se lleva mucho lo de acabar las cosas antes de tiempo y empezarlas cuando aún falta una eternidad. Esos comentarios de “en cuanto nos demos cuenta estamos en Navidades” o “se acabó el verano”, cuando en realidad lo que se te han acabado, son las vacaciones. Para mí es que el verano no se acaba nunca, debo tener actitud de chancleta y salitre.
El verano puede oler a tormenta, a cremas bronceadoras y a sudor en el autobús; también a gazpacho, a tupper de tortilla de patata. La primavera con la explosión de las flores, los espárragos recién cocidos, los guisantes salteados y el inconfundible aroma de las xixas. El otoño con su aura de tristeza y ese olor a hojas caídas y humedad, revuelto de hongos, estofado de carne y calabaza asada. El invierno y su falta de aroma, con la nariz tapada tres meses y sus caldos humeantes de jamón, gallina y garbanzos, los talos, la txistorra y la necesidad de secarte los huesos.
Al final tendré que estar atento,afinar bien el oído y hacer caso a mi amigo Antxon que decía: “¡Escuchad, escuchad qué bien huele!” cuando pasábamos cerca de la fábrica de chocolates Elgorriaga.

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