El tiempo es relativo.

El lujo, como el tiempo, es relativo. Y ahora más que nunca nos estamos dando cuenta y tenemos que sacar algo positivo de ello.
El lujo de salir a la calle, el de tener trabajo, el de estar con la familia y los amigos; el lujo de bañarse en la playa, de correr por el monte, de pasear en bici, de coger olas; el lujo de comer en una terraza al sol, el de una cerveza o un vino con alguien sin distancia de por medio, el de leer el periódico en un bar tomando un café.
La verdad que a mi estos lujos me han gustado siempre y los he apreciado tal cual son, quizás no tenga nada que ver con la relatividad, simplemente es que ahora nos los han quitado y no nos gusta que nos quiten lo que es nuestro.
Hoy de aperitivo ensaladilla rusa y hummus con pan plano en trapo de Ikea, sobre mesa de Zara Home. Sin florituras.

Me gustaría tomar este aperitivo con mi hermana Aida, que es quien me corrige todo lo que escribo y quien me frena en mi obsesión por poner puntos y comas como si se fuesen a terminar.
Soy puntoycomista enfermizo.

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Las nuevas amas de casa.

Ayer me mandaron un mensaje que me pareció maravilloso.
Decía así: Loren, sigue subiendo vídeos de recetas simples como la de los garbanzos. A las “nuevas amas de casa del coronavirus” nos solucionas la papeleta.
Como os podéis imaginar me alegró el día y unos cuantos días más.
Lo cierto es que hay gente que está cocinando en casa por pura necesidad y le va encontrando el gusto. Lo hablaba también con una amiga, una de esas “nuevas amas de casa del coronavirus”, que cada día se está lanzando un poco más y su familia ya le hace incluso peticiones. Porque cocinar es muy fácil, es para cualquiera, se te podrá dar mejor o peor, podrás tener más o menos imaginación y hasta ser creativo. Pero la base, lo simple, es muy muy sencillo y es para todos los públicos.
Hoy para comer tengo los garbanzos de ayer, con las verduras en escabeche que hice hace unas semanas.

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Gnocchis alla putanesca.

Hacer gnocchis en casa es como correr un maratón.
Te preparas súper bien y empiezas a hacerlos con un subidón de energía increíble; luego pasas a recular fuerzas porque sabes que es largo; tienes picos de euforia y de bajón incontrolables, van y vienen; llega un momento en el que te arrepientes de estar ahí y quieres mandar todo a la mierda, ese temido muro que siempre aparece y juras que no volverás a hacerlo; llegas a la meta y ríes y lloras sin sentido; untas la salsa y empiezas a pensar en cual será la siguiente vez que los hagas.

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Hojaldre de manzana.

Enfriando en el balcón.

Tengo una cocina que a la vez es un salón y una mesa alta que hace de comedor. Tengo cinco banquetas por si viene una visita y un ventanal muy grande donde veo pasar la vida.

Muchas veces me sobra el sofá, la mesa del ordenador y la televisión. Me faltan cazuelas, quizás alguna crockpot y una encimera más grande, ¡siempre faltan encimeras!

Echo de menos el acero inoxidable, el lavavajillas industrial y el estrés de no llegar.

No tengo olla a presión, ni una mandolina en condiciones, pero tengo un balcón y cocino con la ventana abierta, con vistas a la huerta escalonada y a mi calle.

A veces cantan los pájaros, otras veces suenan las campanas de la iglesia, las arañas suben y bajan. Tengo que volver a barrer el balcón, los geranios de mi vecina de arriba no paran de soltar flores.

Tengo una cocina donde siempre hay música puesta y por las mañanas pega el sol hasta en la pared del fondo. Los caldos cuecen sin prisa, las salsas espesan con tiempo y sin harina, los panes fermentan, la fruta madura, la cebolla se carameliza y las manzanas se asan sobre planchas de hojaldre repletas de mantequilla.

Tengo una cocina y un balcón, con tres niños que piden comida y atención, eso es todo lo que necesito.

A veces dejo los fuegos apagados y me siento a leer al sol.

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La excelencia de lo cotidiano.

Pan Herrero.

Incorporar rutinas al día a día es la forma que tengo de ir haciendo lo que me gusta tener en casa habitualmente. Lo que el primer día es algo complicado y que nos quita mucho tiempo pasa enseguida a ser cotidiano.

Este pan lo empecé a hacer con mi hermano Juan cuando trabajaba en Basollua. Allí empezó nuestra fascinación por el pan casero. Pero yo no encontré esa supuesta relajación en el amasar. Me relajo limpiando verduras, pelando patatas, desplumando palomas, fregando platos o fileteando pechugas de pollo, pero me di cuenta que lo de las masas, no era para mí.

Haciendo inventos nos salió este pan, el pan Herrero o como dice la Sra. Webos, pan sin gilipolleces. Llevamos años desayunando con él los Lorentzeritos y yo. De vez en cuando me pica la curiosidad y preparo una masa madre y algún pan, sobre todo de centeno, pero se me pasa enseguida. Lo mío es la búsqueda de lo práctico, la excelencia de lo cotidiano.

Pan sin gilipolleces.
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