EL VIEJO SUEÑO DE VOLAR.

Supongo que será imposible, porque sino ya estaría inventada. Me refiero a la sensación de volar al subir a un avión.

Porque el viajar en avión se ha convertido en un trámite para mí, como imagino que le pasará al resto de la gente. Recuerdo la primera vez que me subí a un avión, ya pasada la veintena (nunca fui precoz en nada). Subí con una mezcla de miedo y emoción, era la primera vez que iba a volar y pensé que iba a vivir esa sensación, la de el viejo sueño de volar. Al poco de despegar se fueron al traste mis ilusiones, se me pasó la emoción y no sentí ningún miedo, ya que nunca lo siento cuando me encuentro en terreno desconocido, sabedor de que nada está en mi mano en ese momento y… ¿para qué preocuparme?

Así que aún sigo persiguiendo ese sentimiento tan real en mis sueños, en los que salto y gracias al agitar de mis brazos, consigo mantenerme en el aire y “volar”.

Hace poco mi amigo Iban me mandó un vídeo en el que, a través de la pantalla del móvil, sentías el planear, sentías la altura y la libertad de volar gracias a una cámara incorporada a un águila.

Tampoco es comparable, pero la sensación que tienes cuando coges una ola y te deslizas sobre ella subiendo y bajando es lo más parecido o lo más cercano que he estado a volar.

No entiendo por qué todavía, cuando ya se han inventado hasta las sensaciones en la comida, con cocineros-científicos-estrellas que gracias a un bocado, una visión, un aroma, te hacen sentir sensaciones que no están a tu alcance; como dar un bocado al Mediterráneo en un pueblo de Toledo, sentir el aroma de los pastos Segovianos al morder una chuletilla de cordero en Alicante, vivir la sensación del roce de la mano de una marisquera de Sanxenxo al comer unas almejas en salsa verde en pleno centro de Burgos, nadie ha sido capaz aún de recrear algo parecido a volar mientras vuelas.

Ya lo cantaba “Tanguito” en El amor es más fuerte:

Pueden jurar que no es verdad

el viejo sueño de volar,

pueden guardarte en una jaula por nada.

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Langostinos al Whisky.

Qué cierto es eso de que hay sabores que te hacen retroceder años, recuerdos guardados en forma de imagen o aroma, momentos inolvidables a los que un día volvemos y sentimos muy cerca por mucho tiempo que haya pasado.

Me ha pasado esta mañana con un post de “Directo al Paladar”, ha sido como retroceder 30 años o quizás más. Cuando mi padre cogía aquellos langostinos gigantes y los abría en dos como un libro, los colocaba con la piel hacia abajo y les echaba sal, aceite y ajo picado. Metía la fuente al horno precalentado y antes de que se terminasen de hacer añadía generosamente un chorretazo de whisky y les daba fuego.

Recuerdo a mis hermanos y a mi madre con la servilleta a modo de babero (esto no pasó) esperando la bandeja en el centro de la mesa, humeante, con algún bigote de langostino aún en llamas. El porrón de cerveza con gaseosa pasando de mano en mano a tiempo controlado, los nervios de la comida de domingo, el único día que comíamos todos juntos. La tensión por acabar pronto para ver el último capítulo de Colombo, escuchar en la radio los partidos de liga o para bajar a la calle, a dar patadas a las piedras.

Era la sofisticación en estado puro, alta cocina a nuestro alcance, el lujo de la comida de los domingos. Creo que fue el plato estrella durante años y me sorprendo de no haber pensado jamás en hacerlo, me había olvidado de él por completo. Comida viejuna con aires de nostalgia que habrá que recuperar.

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Los hombres fuertes de Nocilla. 

“Así son los hombres fuertes de Nocilla, fuertes alegres y deportistas, llenas de vida y de energía, así son los hombres de Nocilla”

Hay días en los que viene bien olvidarnos de dietas y buenos propósitos, dejar a un lado los remordimientos y saltar al vacío como si se fuese a acabar el mundo. 

Hay días en los que después de el café con leche de soja, el zumo de naranja natural y las tostadas de pan integral con aceite, el cuerpo te pide guerra. 

Hay días en los que mandarías todo a la mierda y te volverías Hippie, días en los que sólo te preocuparías de rascarte la espalda, mirarte la tripa, quitarte las legañas y no pensar en nada. 

Hay días en los que un buen “curasán” industrial pasado por la plancha y relleno de Nocilla, con su aceite de palma, su vete a saber cuánta cantidad de azúcar e incluso sus trazas de frutos secos te puede hacer tocar el cielo y llevarte al paraíso. 

Hay días en los que tienes la clave de la felicidad y disfrutas de todo, da lo mismo que sea trabajo, comida, pareja, hijos, deporte, amigos, tiempo libre o curasán a la plancha con Nocilla. 

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Este post no va sobre Catalunya. 

A veces asusta e incluso es difícil de creer, pero cada año es bueno, cada año es mejor que el anterior. Eso pasa porque no dejamos de trabajar, de pensar, de creer y de crear, de pasear, correr, bailar y soñar. De soñar, nunca hay que dejar de soñar, ni de comer tortilla de patatas, porque es lo que nos da la felicidad. 
No dejamos de pasar baches, de recibir hostias, de sentir que las noticias son siempre malas noticias. No dejamos de llevarnos decepciones, de ver cómo esas ideas “geniales” no llegan a nada, de saber que todo no tiene arreglo.

Pero esos son los momentos de vida que nos harán olvidar las desgracias, los que quedarán en la memoria para saber que esta vez nos hemos vuelto a superar y hemos sabido disfrutar. Para llorar, pero de risa, bajar el volumen de la tristeza y entregarnos al placer de comer, que es en sí, plena alegría. 

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¡Para eso están los bares!

Ahora que está tan de moda la publicación de tickets de bares y restaurantes en las redes sociales; ahora que está tan de moda el escarnio público y el meter a todos los hosteleros en el mismo saco; ahora que está tan de moda erigirse en defensor del cliente, yo me posiciono al otro lado de la barra. 
Qué fácil es criticar, qué fácil es publicar una foto y más aún comentar en ella y aplaudir al héroe que pagó una barbaridad por una caña y un pincho y que jura que nunca más volverá y anima a todos los que leen a hacer lo mismo. Qué fácil es exigir sin demostrar nada a cambio, qué fácil es hablar de más, qué fácil es apuntarse a las modas. 
Lo difícil es estar al otro lado de la barra, donde tienes que ser alto, guapo, simpático y tener una dentadura impecable. Donde tienes que tener modales de lord inglés, si eres mujer mejor y si estás de buen ver mucho mejor. Que a nadie le importa lo que cobres, si el bar es tuyo, si pagas un alquiler, si llegas o no a final de mes… te van a exigir siempre que des el 200%
¡Ay de ti como tengas un mal día y se te seque la tortilla! ¡Ay de ti como no sirvas la caña perfecta y en copa de fino cristal! ¡Ay de ti si las croquetas no son mejores que las de mi madre! ¡Ay de ti si tienes el mínimo fallo! Porque yo soy el cliente y vengo a exigir, no vengo a disfrutar, no, vengo a exigir y quiero un bar limpio, con un baño impecable que tenga papel, jabón y espejo donde atusarme el flequillo. Quiero una barra llena de pinchos, que por supuesto estén todos recién hechos, quiero que me traten como me merezco, que el periódico esté libre y que la música esté en su justo volumen, que para eso tomo aquí café todas las mañanas. Que por poco más de 1€ me merezco todo eso y más.
¿Para qué voy a criticar a la cajera del banco, que me cierra la puerta en las narices? ¿Para qué voy a criticar al funcionario que me ha hecho esperar más de media hora porque he tenido la ocurrencia de venir en su hora del almuerzo? ¿Para qué voy a criticar al arquitecto del ayuntamiento que no es capaz de arreglar el acceso a mi portal? ¿Para qué voy a criticar nada? ¡Para eso están los bares!

Una mañana cualquiera en el Larra. Donde aún no ha llegado la crítica feroz, los comunity managers, los influencers y los descubridores de nuevos garitos. 

Al bar se va a calmar la sed, el hambre, la gula; al bar se va a hablar de fútbol, a hacer negocios, a reír; al bar se va a disfrutar, a comer tortilla, a desconectar. 

Hay bares para todos, así que elige bien y disfruta. 

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