Los tiempos no cambian tanto. 


Piernas de niño, de cualquier época. 


Estoy harto de leer lo divertidas que eran vuestras infancias, lo bien que os zurraban vuestras madres con la zapatilla, lo bien que vuestro abuelo se hacía respetar y el buen recuerdo que tenéis de él, aunque no os dirigiera la palabra. 


Estáis encantados con la tele en blanco y negro, pero la veis a todo color con pantalla no sé qué tal y sonido no sé qué cuál. Lo mejor del mundo son las canicas pero habéis comprado a vuestros hijos todo tipo de juegos carísimos aunque las canicas las sigan vendiendo, incluso más baratas que antes. 


Os enorgullece contar que de pequeños solo teníais dos canales y con eso os bastaba, pero por si acaso ahora habéis contratado el pack que incluye todas las pelis, los partidos, las series y yo qué sé cuántas cosas más, sí, contratadas por vosotros, no por vuestros hijos. 


Os recomiendo una cosa: que vayáis al parque, al patio del colegio, a la plaza de abajo y que veáis jugar a los niños, es una maravilla, es diferente porque los tiempos cambian y da igual que sean mejores o peores, da igual a lo que jueguen, da gusto verles y no tienen que pasar por lo mismo que pasamos nosotros, igual que nosotros no pasamos por lo mismo que pasaron nuestros padres y así sucesivamente. 


Los niños tienen lo mismo que teníamos pero además nos tienen a nosotros y en muchas ocasiones también tienen a sus abuelos, tienen ordenadores, tablets, botas de fútbol sin agujeros, campos de fútbol sin charcos, canastas de baloncesto con red, pantalones sin rodilleras, gorros de lana que no pican, balones de fútbol que no pesan, coches con calefacción y aire acondicionado, ropa de su talla, calcetines sin agujeros e incluso piojos, siguen teniendo piojos y eso, os guste o no, significa que todo sigue igual. Que son niños y se divierten a su manera, se manchan, tienen las rodillas llenas de postillas, si el plátano está negro no se lo comen, piden helado todos los días del verano, se cabrean al irse a la cama o a la ducha y rescatan con una cuchara la galleta que se ha humedecido demasiado de el fondo del ColaCao. 


Lo mejor no fue lo nuestro no, lo mejor siempre está por venir. Cuando vamos andando hacia casa, siempre me acuerdo de mi madre diciéndonos: “me da vergüenza ir con vosotros por la calle, siempre tenéis que ser los más sucios”. 


Así que aquí lo único que ha cambiado es quien dice aquello de “lavaros los dientes de una santa vez”, “como no os calléis saco la zapatilla”, “si no te lo terminas te lo pongo para cenar y sino para desayunar mañana” y ese histórico de mi madre cuando te caías, “ven aquí que te levanto”.


Pantalón de un niño cualquiera después de jugar. La vida sigue igual. 



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Yo era moderno antes de que se inventasen los modernos. 


Debo de ser un antisistema de esos porque últimamente me veo raro o me miran raro o me lo parece a mí, no sé. 
Yo que creía que ya era moderno antes de que se inventasen los modernos, yo que quise llevar barba cuando lo más era ir afeitado, yo que era cocinero antes de que ser cocinero fuera romántico, ahora me vuelvo a ver fuera de sitio.
Debe ser que llego tarde o demasiado pronto a las cosas, el caso es que nunca estoy a la moda, el caso es que nunca llamo la atención, el caso es que no hago ruido, el caso es que no me entero. 
Leo el periódico en papel siempre con algún día de retraso. Si el desayuno es la comida más importante del día, yo le doy importancia al almuerzo. Si lo que se lleva es irte de vacaciones y hacerte selfies en la playa más azul, con menos gente, con la arena más blanca y el mojito mejor preparado, yo me quedo trabajando en Donosti y poteo por Amara, ese barrio de paso. Como con las manos y unto salsas en el plato en restoranes de relumbrón y me comporto exactamente igual en el bar de la esquina. No hago ascos a un paseo al borde del río, a un mordisco de un bocata, a un baño en cualquier sitio, a unas pipas en un banco, a una copa de vino, al roce de tu mano. Veo películas cuando ya nadie habla de ellas, como tortilla del día anterior…


Cuanto más creo que sé, más ignorante me siento. No entiendo nada de vinos, ni de cerveza, ni de comida porque estoy convencido de que cuanto más sabes de algo, menos lo disfrutas.
Vendí la moto para comprarme una bici, el monovolumen para comprarme un patinete y los zapatos para comprarme unas alpargatas. Cualquier día me vuelvo hippie con 40 años de retraso.
Yo que conocí a Berasategui sin estrellas, a Adriá cuando era un genio, a Chabeli de soltera, a la Real campeona, a los Ramones estando vivos, a Robinfood cuando era gordo y a Emma Suárez cuando molaba, me veo esquivando modas, adelantando tendencias, llegando a los sitios el último y soñando cuando todos estáis despiertos. 

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La Sopa de Pescado. 


Cebolla, puerro, zanahoria, algo de tomate, unas gotas de aceite, un chorro de brandy para famblear, vino blanco, pan del día anterior y caldo de pescado (fumet). No es nada complicado cuando llevas más de 25 años haciéndola. La verdura se rehoga bien sin que coja color, sin prisa y con poco aceite. El momento de echar el brandy es casi mágico porque ese aroma me transporta al Bodegón Alejandro y sus 21 escaleras hacia abajo; cuando antes de prenderlo chillabas para que apagasen el extractor por miedo a que la campana cogiese fuego. Después venía el vino blanco hasta dejarlo reducir, el tomate, el pan cortado a pellizcos y el fumet. Y mientras todo aquello cocía, cogías las espinas del pescado con las que habías hecho el caldo y las desmenuzabas hasta que no quedase ni un solo pedazo de pescado pegado a ellas, pescado que añadías a la sopa. Hoy en día sigo haciéndola exactamente igual, porque como bien insistía Gabri (la madre de Martín), ahí estaba la clave de una buena sopa de pescado, ahí estaba el sabor y no en los tropezones que se añaden después. 
Nunca he comido sopa de pescado pero es una de mis preparaciones preferidas. Mientras se rehoga la verdura recuerdo aquellos tiempos a finales de los 80, metidos en la cocina del Bodegón, soñando con ser cocineros. Mientras pellizco el pan, comprado siempre en el mismo sitio, no puedo dejar de acordarme de Martín, el mejor maestro que se puede tener y la persona más generosa que he conocido. Ya son casi 30 años de vivencias, de pucheros y de sopas y aún hoy no me atrevo a tirar las espinas del pescado sin antes haberles sacado hasta la última miga. 

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Las cenas de los lunes y Giacomo de Benedetti. 

Giacomo de Benedetti es un Romano asiduo a las cenas de los lunes en Gaztelubide. Lleva viviendo en San Sebastián desde 2008 y si por él fuera las cenas de los lunes se harían en jueves y además todas las semanas. Oftalmólogo de profesión, aterrizó en Donosti como no podía ser de otra manera, un 20 de enero. Según cuenta hacía buen tiempo, incluso calor, y desde la ventana del Hotel pudo ver a unos tipos vestidos de cocineros y de soldados tocando el tambor sin parar. Si ese día no cogió las maletas y se volvió, no creo que se vaya nunca. Aunque sigue sin entender nada de cómo se vive aquí, está totalmente integrado y no quiere volver a Italia más que de vacaciones. 

Este último lunes nos obsequió con uno de sus vinazos en forma de magnum y para estar a la altura guisamos un rabo de vaca con cebolla roja y txakoli, acompañado de unas patatas con ajo y romero que preparó él mismo. Para empezar y mientras tomábamos unas cervezas comimos una morcilla patatera de Cáceres que me trajo mi amigo Rodrigo, junto con una Torta del Casar que nos sirvió como postre. 

Salimos a 25 €uros por barba, cafés y copas incluidas. 

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Voy a hacer. 

“Me he cansado de no estar donde quiero, de pensar en hacer las cosas y no hacerlas, de echar de menos lo que no tengo sin disfrutar de lo que tengo. 

La última vez que toqué suelo parece ser que no cogí suficiente impulso, parece que no planeo, que al agitar los brazos no me mantengo en el aire, será que ya no sueño”. 

El domingo se celebró la tercera travesía Getaria-Zarautz que no nado; quiero decir que es la tercera que pienso en hacer y no hago. Y yo no soy así, yo primero hago y luego si eso lo pienso y después, lo cuento.


De momento he empezado yéndome a la playa, he nadado entre gabarrones durante una hora y he terminado feliz por estar donde quería, por hacerlo en vez de pensarlo. 


Así que voy a llamar a un amigo con el que hace tiempo que no hablo; voy a escribir esa carta que llevo meses aplazando; voy a tomarme unas cervezas sin mirar la hora; voy a cenar fuet, patatas, guacamole, mojama y almendras; voy a leer hasta que me quede dormido y voy a soñar contigo. 


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