VACACIONES

A pesar de las comodidades que nos da un Hotel, yo sigo prefiriendo el apartamento, además de ser algo maniático para los desayunos, me gusta cocinar productos locales cuando viajo. El hecho de ir a un apartamento implica el no dejar de fregar, limpiar, cocinar, hacer camas y demás labores propias de mi sexo, pero reconozco que me gusta y que no lo cambio por nada.

Esta vez he tenido la suerte de que mi hermana haya viajado con nosotros, ya que la preguntita de ¿son los tres tuyos? al entrar a cualquier sitio, se la hacen a ella. Además le ponen un tono como de ¿son tuyos los ocho? Yo ya estoy acostumbrado a que me la hagan, al principio me costó un poco, siempre me justifico diciendo: “pero los dos pequeños son mellizos, ¿eh?”, como si quisiera dejar claro que lo de tener muchos hijos no va conmigo, aunque no sea así. También me consuela pensar que a su madre le harán la misma pregunta cuando estén con ella, no estoy solo.

Hubo un día que tuvimos que afrontar el tema de las uñas y el de los piojos, ya que estos no descansan ni en vacaciones ¡que barbaridad como les crecen las uñas! Fue al terminar de despiojar, yo fui el último en ponerme el tratamiento, gastamos tres botes entre los cinco y como siempre yo estaba limpio, es lo único que no han conseguido contagiarme, lo demás me lo he cogido todo, tres neumonías, incontables bronquitis, lombrices, todos los catarros habidos y por haber, orzuelos y no sé cuántas cosas más. Muchos piojos y 60 uñas después nos dimos por satisfechos.

Y hasta aquí el resumen de nuestras vacaciones, lo hemos pasado muy bien, nos han comido los mosquitos, hemos visto el mundial y a muchos guiris borrachos a todas horas y nos hemos prometido que el año que viene repetiremos. Guardaremos la playlist con Europe incluido, los Lorentzeritos se seguirán riendo de mí al acordarse de la cena en el BurriKing, recordaremos los musical.ly con los donuts hinchables, los skates ya viajan de vuelta a Donosti y esperaremos a que salga el sol para poder lucir las molonas gafas de sol que compramos en Salinas.

La vida es eso que pasa cuando estás con la familia.

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LOS MUNDIALES (II)

En pleno mundial de Rusia, cuando debería estar eclipsado con las figuras mundiales, el partido con el que más he disfrutado hasta hoy ha sido el playoff de ascenso a segunda división b que enfrentaba al filial del Levante contra la U. D. Ibiza.

Con un 1-0 en el partido de ida y otro en el de vuelta se llegó a la prórroga y a falta de goles en ésta, la suerte estaba echada y los penaltis nos dieron esa forma tan cruel y maravillosa de resolver una eliminatoria.

Qué bonito es el fútbol cuando se toca el cielo (un ascenso) y qué duro es el fútbol cuando toda una temporada se echa a perder por un penalti fallado, aunque como espectador sigue siendo igual de bonito.

La tanda de penaltis es un ejercicio de psicología digna de estudio, la inercia ganadora o perdedora cambia de camiseta en un suspiro, la alegría se desborda a la misma velocidad que se hunden los sueños, la suerte cambia de equipo y nunca sabes a quien le va a tocar.

Yo tengo un problema , empatizo demasiado con el perdedor , que además esta vez era el Ibiza. Lo ha tenido en su mano dos veces y lo ha desaprovechado ambas. Una pena , porque no es un partido, es un sueño, una temporada entera, mucho trabajo y dinero , ilusión y sacrificio , que en un momento, por un penalti mal chutado se va al traste y vuelta a empezar, el ascenso tendrá que esperar.

Además de ese partido también me he emocionado viendo ganar a Colombia, pero lo mejor (estaban en las gradas) ver a Valderrama e Higuita celebrar la victoria de su selección. Dos futbolistas de los de antes, que tuve la oportunidad de ver jugar varias veces en el Valladolid y una última vez más a Higuita en el viejo Maracaná en una eliminatoria de la Copa Libertadores de 1993, Flamenco 3, Nacional de Medellín 1.

El fútbol es como la vida, hay momentos en los que no te puedes relajar y dejarte llevar por la presión, hay momentos en los que hay que dar el callo y por lo menos, tirar el penalti entre los tres palos.

Un partido de fútbol no te cambia la vida, pero deja detalles que te pueden servir para entenderla mejor.

No sé cuál será el recuerdo que guarde de este mundial dentro de 20 años, pero la ocasión de ascenso fallada por el Ibiza y la imagen de Valderrama e Higuita tienen muchas posibilidades de quedarse en una esquinita de mi memoria.

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LOS MUNDIALES (I)

Roger Milla y Oleg Salenko.

Nací meses después del mundial de México, del de Alemania tampoco tengo recuerdo, así que mi primer mundial fue el de Argentina 78. Guardo un cariño especial a la albiceleste desde entonces, a lo que también ayudó la irrupción de Maradona poco más tarde.

De cada campeonato guardo un recuerdo especial y no necesariamente suele ser la selección campeona, ni mucho menos la cancioncita de turno. Aunque confieso que de España 82 mi mejor recuerdo, además de los goles de Paolo Rossi y la magia de Brasil, es Naranjito. Sin saberlo, descubrí el marketing, el merchandising y que las naranjas eran algo tan Español o más que la paella.

De USA 94 recuerdo que vinieron a verme a Rosas mis padres y mi hermana pequeña poco antes de que empezara. Yo tenía la idea de que en esa época sonaban en mi casa Los Suaves, Led Zeppelin, El Inquilino Comunista y los Black Crowes, pero según mi hermana “Los Boleros de Machín” marcaron la banda sonora de ese verano.

Lo primero que sorprendió a mi padre fue que no tenía tv en mi apartamento, el día del partido inaugural bajó al bar a verlo, al día siguiente lo mismo, pero al segundo partido salió del bar y se fue a comprar una tv. Supongo que se dio cuenta de que ese ritmo no podía ser sano ni para su salud, ni para su bolsillo, ni mucho menos para su matrimonio. A parte de la dolorosa eliminación de España, de la tristeza de Baggio en la final, de Andrés Escobar, de los 42 años de Milla, los 5 goles de Salenko, la aparición de Karpin y la pillada a D10S, lo que más recuerdo es aquella tv que compró para salvar la estabilidad familiar en vacaciones.

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Manolo el de la mili.

La memoria, esa capacidad que tenemos a veces de acordarnos de pronto de algo que pasó hace mucho tiempo, me ha traído el único buen recuerdo que guardo de la mili. Igual es mucho exagerar, pero si no es el único, sí es el mejor.

En la mili tuve un buen amigo que se llamaba Manolo, de Rentería. Sobreviví en un 50% gracias a él y en otro 50% a que tomé la decisión de no estar aburrido ni un momento. Fue una decisión adecuada, meterme en la cocina y estar dispuesto en todo momento para preparar los desayunos y así no tener que formar ni esperar a que me despertaran con una corneta. Para poder tener la mañana ocupada cocinando en vez de estar perdiendo el tiempo; para preparar la cena y así beber algo menos por la tarde; para irme voluntario a todas las maniobras y así en vez de volver el lunes de fin de semana, poder volver el miércoles.

Manolo siempre estaba de broma y preocupándose por mí, me contó los mismos chistes cientos de veces (eran 4 chistes, contados) y tenía esa capacidad de hacerme reír como si cada vez fuese la primera vez. Todavía contesto a los Lorentzeritos “pues vete allí” cuando me dicen “aita, me duele aquí”.

Bebimos incontables litros de cerveza y de vino con gaseosa; fumamos tabaco rubio pocas veces y negro unas cuantas más; tomamos copas de orujo, de sol y sombra, de anís con un hielo y de brandy solo. Todo en este orden, ya que íbamos adaptándonos según se iba acabando el género en la cantina. Dormimos tumbados sobre mantas en la trasera de los camiones que nos llevaban a Los Monegros, a El Teleno, al penal de El ferral, a Moraleja del vino. Compartimos litera y tienda de campaña, bocadillos de mejillones y chorizos a mordiscos, nos arropamos cuando el frío Pucelano castigaba y nos bañamos en la piscina cuando el calor era insufrible. Pasamos días sin comer y sin dormir e hicimos autostop cuando no teníamos dinero para volver a casa en tren, pero nunca dejó de hacerme reír.

Teníamos un juego en el que cada vez que podíamos cogíamos la gorra del otro y escribíamos algo con fecha y hora sin que se diera cuenta, recuerdo como si fuera ayer, aunque hayan pasado 28 años, lo último que escribí en su gorra uno de los últimos días que pasamos en Medina del Campo: “Pais, Ducados y una copita de Anís”.

La próxima vez que me cruce con Manolo le voy a preguntar si se acuerda de aquello y le voy a decir que me cuente el chiste del autobús.

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IBIZA II

En mi playa ha empezado el verano, así, de golpe y sin aviso previo.

Mi playa es una pequeña cala bastante sombría donde no hay arena sino piedras, donde no hay silencio sino ruido, donde además de el murmullo de las olas, los aviones pasan en pleno descenso hacia el aeropuerto, los ferrys rugen camino a Formentera y los taxis del mar llevan a playa d’en bossa a sus clientes. Pero es mi playa y me gusta, aunque soy consciente de que no me pertenece, sé que no es mía, de hecho no se ni su nombre. Después de unos meses sin ver a nadie por allí, uno ya se cree un poco dueño de eso que disfruta.

Sabía muy bien que iba a llegar este momento pero no esperaba que fuese así de cruel. Había imaginado un pequeño goteo, avisos varios, señales con las que me fuese haciendo a la idea de que mi playa, ya no iba a ser solo para mí. Ayer llegué con mis alpargatas y la camiseta más vieja que tengo. Según bajaba ya vi que había gente tomando el sol en las rocas, pero lo peor fue ver a las dos Japonesas con colchoneta y flotador de flamenco, bien rosa y bien grande, sin parar de reír, gritar, hacerse selfies y saltar, ni el ruido de los aviones se oía. Fue una bajada a la realidad demasiado dura, una cura de humildad que me merezco por creerme dueño de algo tan único como mi playa, con su orilla llena de posidonia, sus horribles casas asomadas al acantilado y su sombra permanente.

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