“Los Mediocres”

Hace años, mientras trabajaba en un bar, me llevé una sorpresa al llegar por la mañana y ver escrita, con rotulador permanente, una frase en la puerta del frigorífico. Estaba en inglés y venía a decir algo así como: “Desmárcate, nadie se acordará de los mediocres”.
Ese día supe que tenía que salir de allí, inmediatamente después de saber que la había escrito el jefe, no hay nada peor que un mediocre que no sabe que lo es. 
Aquella frase cumplió su función, fue realmente motivadora para mí. Me acordé de todos los supuestos mediocres que había conocido a lo largo de mi vida y pensé que si yo los recordaba, tal vez así, dejarían de serlo. 
También me intenté acordar de todos aquellos que trataron de aprovecharse de ellos, creyéndose superiores, y apenas me vinieron a la cabeza un par de caras y algún nombre que aún no he conseguido olvidar. Queda claro que para mí, los mediocres son ellos. 
Por su falta de empatía, por sentirse superiores, por su insoportable soberbia, por pagar con los demás sus complejos y por no saber disfrutar de la tranquilidad que da no creerse mejor que nadie.
La revolución de los mediocres no va a llegar nunca, porque los verdaderos, no saben que lo son. 
Y ya me callo, no vaya a ser que se me peguen unas mediocres lentejas que estoy preparando.

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Receta de merluza rebozada.

Llegué un poco atropellado y eso que no había razón. Me había despertado un poco atolondrado y en el último tramo de bici, con esa cuesta abajo me había animado más de la cuenta.

Así que una vez recuperado el aire, enfilé por el Paseo Nuevo en dirección al Aquarium. Cuatro jubilados, tres runners de esos y dos parejas de japoneses. Alguna parada para echar una foto a la tormenta que se veía venir y poco más. La tranquilidad y la escasez de prisa, el tiempo que sobra y que se aprovecha, el gusto de hacer las cosas así, la suerte de vivir aquí.

Y esa que habéis leído es la receta de la merluza rebozada (en la foto, locha rebozada) , el pescado más tolondro de la pescadería. Que se viene arriba al abrir sus lomos con ese blanco interior y ese brillo de la piel. Que relaja el músculo al hacer medallones con el cuchillo y pasarla por harina y huevos batidos. Que se confita y no se fríe, a fuego muy suave y con una sola vuelta. Que reposa en papel absorbente para perder sus últimos jugos antes de ser disfrutada, sin prisa, con ensalada o con pimientos y siempre con mayonesa. ¡Qué suerte vivir aquí!

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Tortilla de patatas.

La tortilla de patatas de Can Cosmi, lugar ajeno a los imperativos de la modernidad según Xescu Prats.

La vida es como una tortilla de patatas, si la dejas poco hecha te puede sentar mal y si la cuajas demasiado no hay quien la trague. Como a todo, hay que buscarle el punto.

Porque con la tortilla de patatas me pasa como con las mujeres, unas me gustan rellenitas y otras más delgadas, me gustan las que hablan poco, pero también las que no callan, las hay que me encantan feas y alguna guapa también me gusta, pero las que no me gustan nunca son las secas, a esas no hay por donde cogerlas.

Y antes de que nadie se aventure a preguntar si con cebolla o sin cebolla lo explico:

Mi padre hace una tortilla espectacular con mucha cebolla y mi madre lo mismo pero sin cebolla y tú ¿a quien quieres más, a papá o a mamá?

Hacer una buena tortilla de patatas es fácil y a la vez no lo es, ya que todos tenemos nuestro propio criterio, lo difícil es hacer varias al día y todas bien. Por eso no estoy de acuerdo con ese ideal de que en un bar si la tortilla es buena todo es bueno, el problema está en que hay bares que le dedican mas esfuerzo a la tortilla y otros que se lo dedican a otras cosas, huye del que no le dedique tiempo a nada.

Yo siempre he intentado que fuese mi seña de identidad y no siempre lo he conseguido, influyen tantas cosas, entre ellas la patata, el humor de cada día y con él las ganas, la sartén, el tiempo que se le dedica, la calidad de los huevos, la potencia del fuego, las interrupciones telefónicas e incluso el corazón, sin él no funciona, nada funciona.

Así que dejemos de darle tanta importancia y disfrutemos de un buen trozo de tortilla, que no hace falta que tenga el huevo líquido para que esté jugosa, ni kilos de cebolla, lo que hace falta es hambre y ganas de disfrutar.

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¿Es nostalgia feliz?

¿Existe la nostalgia feliz? Yo pienso que sí, aunque no trato de convencer a nadie.
Hoy me he parado frente a la puerta del Prontxio, la Casa de Comidas que con tanta pena tuve que cerrar en noviembre de 2017 tras solo un año abierta. Me ha costado mucho pasar por esta calle, aun más girar la mirada, una barbaridad poder sentarme en un banco frente a la puerta y escribir esto.
Me han venido a la cabeza los buenos momentos, la gente que pasó por allí tanto a dejar algún producto como a comer, a beber o simplemente a saludar.
Me he dado cuenta de que sentía nostalgia, nostalgia de aquella barra imposible, de las escaleras suicidas, de Leire y de Sara, del comedor, los reservados, el montacargas, la mini bodega. Nostalgia de aquella cocina inmensa para tan poco bar, donde Miguel, Mariel y yo cuajábamos las tortillas, calentábamos la morcilla, y tostábamos los chorreantes sándwiches “guarros” de queso.
Nostalgia feliz porque fue mi sueño y tuve la suerte de poderlo vivir durante un año, pero llevaba muchos más soñándolo y aún sigo haciéndolo.
El secreto creo que está en dejar de lado lo malo, en tener la capacidad de olvidarse de ello y así poder disfrutar de los buenos recuerdos, los aromas, los momentos y de toda la gente que ayudó y entendió que aquel era para mí un sitio especial. Era un sueño donde todavía, cuando me quedo remoloneando en la cama y me vuelvo a dormir, puedo seguir cocinando .
Quizás esté equivocado y lo mío no es nostalgia, o tal vez lo sea y la equivocación es pensar que es nostalgia feliz. Desde luego el recuerdo es bonito y con eso me quedo, luego que cada uno lo llame como quiera.

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Los aromas del tiempo.

Ahora resulta que los meses tienen un olor característico. Yo en parte lo entendía con las estaciones pero con los meses se me escapa. Resulta increíble que en pleno agosto huela a septiembre siendo estos dos los últimos meses del verano y además en Donosti, que lo mismo llueve que sigue lloviendo.
Aunque también se lleva mucho lo de acabar las cosas antes de tiempo y empezarlas cuando aún falta una eternidad. Esos comentarios de “en cuanto nos demos cuenta estamos en Navidades” o “se acabó el verano”, cuando en realidad lo que se te han acabado, son las vacaciones. Para mí es que el verano no se acaba nunca, debo tener actitud de chancleta y salitre.
El verano puede oler a tormenta, a cremas bronceadoras y a sudor en el autobús; también a gazpacho, a tupper de tortilla de patata. La primavera con la explosión de las flores, los espárragos recién cocidos, los guisantes salteados y el inconfundible aroma de las xixas. El otoño con su aura de tristeza y ese olor a hojas caídas y humedad, revuelto de hongos, estofado de carne y calabaza asada. El invierno y su falta de aroma, con la nariz tapada tres meses y sus caldos humeantes de jamón, gallina y garbanzos, los talos, la txistorra y la necesidad de secarte los huesos.
Al final tendré que estar atento,afinar bien el oído y hacer caso a mi amigo Antxon que decía: “¡Escuchad, escuchad qué bien huele!” cuando pasábamos cerca de la fábrica de chocolates Elgorriaga.

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