La Sopa de Pescado. 


Cebolla, puerro, zanahoria, algo de tomate, unas gotas de aceite, un chorro de brandy para famblear, vino blanco, pan del día anterior y caldo de pescado (fumet). No es nada complicado cuando llevas más de 25 años haciéndola. La verdura se rehoga bien sin que coja color, sin prisa y con poco aceite. El momento de echar el brandy es casi mágico porque ese aroma me transporta al Bodegón Alejandro y sus 21 escaleras hacia abajo; cuando antes de prenderlo chillabas para que apagasen el extractor por miedo a que la campana cogiese fuego. Después venía el vino blanco hasta dejarlo reducir, el tomate, el pan cortado a pellizcos y el fumet. Y mientras todo aquello cocía, cogías las espinas del pescado con las que habías hecho el caldo y las desmenuzabas hasta que no quedase ni un solo pedazo de pescado pegado a ellas, pescado que añadías a la sopa. Hoy en día sigo haciéndola exactamente igual, porque como bien insistía Gabri (la madre de Martín), ahí estaba la clave de una buena sopa de pescado, ahí estaba el sabor y no en los tropezones que se añaden después. 
Nunca he comido sopa de pescado pero es una de mis preparaciones preferidas. Mientras se rehoga la verdura recuerdo aquellos tiempos a finales de los 80, metidos en la cocina del Bodegón, soñando con ser cocineros. Mientras pellizco el pan, comprado siempre en el mismo sitio, no puedo dejar de acordarme de Martín, el mejor maestro que se puede tener y la persona más generosa que he conocido. Ya son casi 30 años de vivencias, de pucheros y de sopas y aún hoy no me atrevo a tirar las espinas del pescado sin antes haberles sacado hasta la última miga. 

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Las cenas de los lunes y Giacomo de Benedetti. 

Giacomo de Benedetti es un Romano asiduo a las cenas de los lunes en Gaztelubide. Lleva viviendo en San Sebastián desde 2008 y si por él fuera las cenas de los lunes se harían en jueves y además todas las semanas. Oftalmólogo de profesión, aterrizó en Donosti como no podía ser de otra manera, un 20 de enero. Según cuenta hacía buen tiempo, incluso calor, y desde la ventana del Hotel pudo ver a unos tipos vestidos de cocineros y de soldados tocando el tambor sin parar. Si ese día no cogió las maletas y se volvió, no creo que se vaya nunca. Aunque sigue sin entender nada de cómo se vive aquí, está totalmente integrado y no quiere volver a Italia más que de vacaciones. 

Este último lunes nos obsequió con uno de sus vinazos en forma de magnum y para estar a la altura guisamos un rabo de vaca con cebolla roja y txakoli, acompañado de unas patatas con ajo y romero que preparó él mismo. Para empezar y mientras tomábamos unas cervezas comimos una morcilla patatera de Cáceres que me trajo mi amigo Rodrigo, junto con una Torta del Casar que nos sirvió como postre. 

Salimos a 25 €uros por barba, cafés y copas incluidas. 

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Voy a hacer. 

“Me he cansado de no estar donde quiero, de pensar en hacer las cosas y no hacerlas, de echar de menos lo que no tengo sin disfrutar de lo que tengo. 

La última vez que toqué suelo parece ser que no cogí suficiente impulso, parece que no planeo, que al agitar los brazos no me mantengo en el aire, será que ya no sueño”. 

El domingo se celebró la tercera travesía Getaria-Zarautz que no nado; quiero decir que es la tercera que pienso en hacer y no hago. Y yo no soy así, yo primero hago y luego si eso lo pienso y después, lo cuento.


De momento he empezado yéndome a la playa, he nadado entre gabarrones durante una hora y he terminado feliz por estar donde quería, por hacerlo en vez de pensarlo. 


Así que voy a llamar a un amigo con el que hace tiempo que no hablo; voy a escribir esa carta que llevo meses aplazando; voy a tomarme unas cervezas sin mirar la hora; voy a cenar fuet, patatas, guacamole, mojama y almendras; voy a leer hasta que me quede dormido y voy a soñar contigo. 


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Con los pies descalzos. 

En la adolescencia, esa etapa en la que tu cabeza va por un lado y tu cuerpo por otro, siempre soñaba con que mi vida mejorase. Soñaba con que se terminaran mis traumas, con que esa chica por fin me mirara, con que mis hermanos me aceptaran, con que mis padres me entendieran y así un largo etcétera. Con el tiempo y después de haberlo vivido, me doy cuenta de que mis padres ya me habían aceptado aunque yo no pusiera nada de mi parte. Con el tiempo esa chica y alguna otra me miraron, también mis hermanos me aceptaron y mi vida siguió su curso. 
Años más tarde aprendí a disfrutar de cada momento. Sin querer me di cuenta que el mejor momento es el ahora y que lo que está por llegar no será mejor ni peor, sino diferente. Aprendí a mirar a las chicas y no esperar cabizbajo a que me mirasen ellas. Aprendí a comer, a probar y empecé a cocinar. Hubo veces que me creí que estaba muy arriba y hubo otras (la mayoría) en las que me tocó tocar fondo y volver a empezar. Y fue ahí cuando me di cuenta de que la vida es eso, un sube y baja donde tienes que tocar el suelo para volver a empezar, volver a reinventarte, pero cada vez con más impulso. La vida es eso que pasa entre un desayuno y el de el día siguiente, por eso no hay que perder el tiempo esperando. 

Mientras tanto hay que tocar suelo, a poder ser con los pies descalzos y no esperar estar siempre volando, como en esos sueños en los que planeo, en los que me siento tan fuerte que nada me puede hacer caer. Pero eso son solo sueños y yo estoy pelando unos espárragos, mientras disfruto del tiempo que pasa, pensando en el almuerzo, que hace ya dos horas que he desayunado. 

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La política y el rabo estofado. 

  

Ayer volví a votar y lo hice con la misma desgana con la que lo llevo haciendo desde que cumplí los 18, con la misma falta de ilusión, de compromiso, con la misma sensación de hartazgo. 
Sé que esto no le va a importar a nadie y mucho menos a los políticos, pero me apetece decirlo: a la política le falta honestidad, esto no es nada nuevo pero también le falta enjundia.
Según la RAE, además de a la gordura de los animales, la enjundia se refiere a la parte más importante y sustanciosa de algo no material además de a la fuerza, el vigor y los arrestos. 
La política y los políticos carecen de enjundia, porque no les interesa, porque no rinden cuentas ante nadie y no se avergüenzan de hacer mal su trabajo. Les faltan arrestos para acarrear con sus malas decisiones, les falta el vigor que cualquiera tenemos que demostrar en nuestro trabajo. Les falta esa parte no sustanciosa que hace que una salsa de rabo estofado tenga enjundia, ese algo no material que ni se ve ni se toca, pero se percibe y se disfruta al untar el pan, manchar la servilleta e incluso ir al baño después de una buena digestión. 
Porque para ser feliz hay que cagar bien y los políticos son esos seres estreñidos, envidiosos, codiciosos y cobardes que no son capaces de vaciarse y disfrutar de un guiso con enjundia. 

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