Miguel Delibes como terapia.

Me pasa mucho cuando leo, aunque un libro no me enganche, soy incapaz de dejarlo sin terminar y alguno que me está gustando, me defrauda al final y me quita las ganas de leer.

He descubierto que para quitar el mal sabor de boca que deja un libro que no me ha gustado, necesito otro que me enganche rápidamente y así es como la vuelta a los clásicos me salva de los “truños”.

Últimamente no doy una y voy de fracaso en fracaso, pero gracias a eso he vuelto a leer “Los santos inocentes” y “Las ratas”. He descubierto “El cazador” y estoy disfrutando con “Señora de rojo sobre fondo gris”, Miguel Delibes como terapia de salvación.

Y si además de eso, el libro rescatado de la biblioteca de mi madre con su precio escrito a lápiz (1500 pts), trae un marca páginas de cuando tan solo teníamos que esperar una hora para revelar nuestras fotos, mejor que mejor. Porque lo de esperar varios días para ver cuántas fotos valían de tu último carrete de 24 sonará muy romántico, pero era una auténtica tortura.

1999 no es tan lejano, yo tenía negocio propio a medias con mi hermano, compré mi primera casa, tuve mi primera sobrina y no sé qué leía entonces, seguro que poco porque tenía otras prioridades, pero sé que no era a Miguel Delibes.

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IBIZA

Os voy a contar algo que no le interesa a nadie:

Estaba sentado en la orilla de la playa, con los pies en el agua, leyendo un libro de Murakami y escuchando una playlist que encontré ayer y que parece que está hecha para mi.

Acababa de tener una llamada telefónica que me había dejado un buen sabor de boca. Nuevos proyectos laborales y placer, la conversación perfecta.

Vuelvo a la orilla, febrero, 18 grados, manga corta, nadie en la playa, toda la tarde por delante y esa sensación de que nada puede salir mal.

Pero de repente me tengo que ir, cojo la bici y salgo pitando para casa.

La felicidad me invade, nada puede ir mejor, el apretón ha llegado en el momento perfecto.

Las pequeñas cosas, por mucho que tengas, son las que al final valen la pena; que mucha playa, mucho Murakami y mucho postureo, pero lo que de verdad importa ya sabemos lo que es.

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Volando.

Como resumen me valdría con el título porque el año lo he pasado volando. Escribo desde el avión en el último vuelo del año que me lleva de Ibiza a Bilbao, el último de unos 60. ¡Yo que contaba con los dedos de las dos manos los vuelos que había cogido en toda mi vida!

Lo estoy diciendo hace ya unos años, no te puedes fiar de la calma y de la vida tranquila, porque cuando menos te lo esperas, lo mismo te arrolla un avión que una montaña rusa…

Tanto viaje me ha servido para estar mucho tiempo solo, que aunque me guste, no es lo mismo estar solo por obligación que por gusto.

Me ha servido para leer como hacía muchos años que no leía; me ha servido para aprender a vivir en el echar de menos.

También he descubierto cosas que nunca hubiera pensado que me pasarían, como despertarme sin saber dónde estoy, algo habitual en estos meses; no estar nunca con la cabeza ni con el cuerpo en el horario en el que vivo; enganchar el cansancio una semana tras otra.

Y lo más importante, he perdido el ritmo en mis visitas al baño, creo firmemente en que cagar un par de veces a diario es la clave de la felicidad. Sin una asiduidad y una constancia en el cagar, uno no puede organizar su vida, uno no puede ir a trabajar contento, ni puede salir a correr tranquilo, cagar bien es lo más importante, lo demás viene solo.

Por lo demás todo sigue igual, sigo buscando lo de siempre, aunque a veces mi vida parezca una línea asíntota; sigo cocinando, saltando, riendo, pensando y creando con la misma ilusión. Los propósitos del año pasado los llevo bastante bien, menos el de guardar las pelusas del ombligo, siempre se me olvida, el 1 de enero empiezo sin falta.

Me he comprado en Ibiza una bici “la chopera” que me da libertad y alegría a partes iguales, no da para recorrer la isla, pero si para moverme por los alrededores, llegar a playas nuevas donde bañarme e incluso ir hasta la montaña de sal.

Seguiré llenando con piedras el jarrón de cristal, una piedra por viaje cogidas en distintas playas, la primera pareció no tener sentido, sola en el fondo del jarrón, pero a medida que se van acumulando van formando lo que un día será el recuerdo de mi Donostia-Ibiza.

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El encanto de lo cotidiano.

Me encanta este Hotel, siempre que paso la terraza está llena y hay música muy ochentera. Cuelga de la pared el cuadro de un campo de olivos en el que se lee: 

“¡Cuántos siglos de aceituna,

los pies y las manos presos,

sol a sol y luna a luna,

pesan sobre vuestros huesos!”

Hoy he entrado a tomarme una cerveza y el camarero, muy amable, se ha ofrecido en un perfecto Jienense a servirla en la terraza. 
Hay dos matrimonios alemanes de unos 65 años bien llevados, beben y mantienen dos conversaciones sin mezclarse, ellos por un lado y ellas por otro. 
Una pareja de hombres que también podrían ser alemanes algo más mayores, fuman sin parar, uno con un chupito de hierbas y el otro con un café.
Y por último un matrimonio de esos que llevan sin amor más de 25 años, no se hablan, pero tampoco les gustan sus silencios, ni los propios ni los de su pareja, aunque si no hay nada que decirse, es la mejor opción. No se miran y tienen las copas de vino sin tocar, diría que ya llevan unas cuantas.
Pasa una cuadrilla de adolescentes que no es que metan ruido, es que es el único ruido que se escucha.
Los tenderetes ya empiezan a recoger, es el último domingo de septiembre y saben que el verano se les ha escapado.
Uno de los dos hombres se levanta y pasa por mi espalda, huele a una mezcla de tabaco y perfume que me envuelve y se queda conmigo. Usa dos relojes y tiene el bigote teñido de nicotina. 
Aparecen dos mujeres, del mismo perfil que el resto, ¡justo ahora que se me está acabando la cerveza! Camisetas ceñidas blancas, pantalones coloridos, pieles acartonadas y melenas escasas de pelo rubio tirando a blanco.
Me sorprende que todos son delgados, no hay nadie que resalte excepto yo, que bebo cerveza, bajo la media de edad, llevo pantalón corto, he llegado en un longboard y no paro de mirarles y escribir.
Porque el camarero es uno más, también lleva camisa blanca, la misma edad que sus clientes, bigote como la gran mayoría y en lo único que se desmarca es en que lleva gafas de leer y mira por encima de ellas, como yo.
Es la playa de Ses Figueretes, en el Hotel que lleva su nombre, es ese Benidorm Pitiuso que tanto me gusta, es ese encanto que tiene la decadencia.
De pronto suena “You Got It” de Roy Orbison y pienso que nada puede salir mal, me voy a pedir otra cerveza.

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Me importa un carajo.

El problema está en que tenemos demasiada información, vemos las películas alertados por cosas que pasaron en el rodaje, vamos a los restaurantes con las expectativas ya creadas y sin ánimo de cambiarlas, leemos novelas conociendo rasgos íntimos del escritor, hemos perdido el filtro de la sorpresa.

Me cansa cuando me dicen que como puedo leer a Reverte si es un gilipollas y a mí que más me da, si cada libro que saca me excita más que el anterior, si cada artículo que leo me remueve igual, para bien o para mal. No tengo ninguna intención de conocerle en persona ni de saber cómo es, lo que quiero es que escriba y que cuando pueda tener su libro en mis manos, cada pagina me lleve a la siguiente y sea capaz de quitarme el tiempo, el sueño e incluso las ganas de comer.

No me importa si este o aquel actor no te saludó en la orilla de la playa cuando te lo cruzaste, me da igual que menganito o fulanita no se quisiese hacer una foto con tu hija en el txiringuito, que más me da a mí si lo que me gusta es verles actuar, si por lo que les admiro o no, es por su trabajo.

Del delantero centro de mi equipo solo espero que meta goles, del patrón de mi trainera que haga que seamos los más rápidos, de mi carnicero que me de las mejores piezas y de mi prima que sea una buena hija, una buena madre y una bellísima persona, porque no se ni en que trabaja.

Seguiré leyendo libros de autores de los que me importa una mierda su ideología política, celebrando goles de quien me la trae al pairo su condición sexual, seguiré emocionándome con versos de poetas a los que ni tan siquiera pongo cara e iré a comer con las única expectativa de saciar el hambre y si además disfruto, igual hasta salgo cachondo de allí.

¡A la mierda!

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