El encanto de lo cotidiano.

Me encanta este Hotel, siempre que paso la terraza está llena y hay música muy ochentera. Cuelga de la pared el cuadro de un campo de olivos en el que se lee: 

“¡Cuántos siglos de aceituna,

los pies y las manos presos,

sol a sol y luna a luna,

pesan sobre vuestros huesos!”

Hoy he entrado a tomarme una cerveza y el camarero, muy amable, se ha ofrecido en un perfecto Jienense a servirla en la terraza. 
Hay dos matrimonios alemanes de unos 65 años bien llevados, beben y mantienen dos conversaciones sin mezclarse, ellos por un lado y ellas por otro. 
Una pareja de hombres que también podrían ser alemanes algo más mayores, fuman sin parar, uno con un chupito de hierbas y el otro con un café.
Y por último un matrimonio de esos que llevan sin amor más de 25 años, no se hablan, pero tampoco les gustan sus silencios, ni los propios ni los de su pareja, aunque si no hay nada que decirse, es la mejor opción. No se miran y tienen las copas de vino sin tocar, diría que ya llevan unas cuantas.
Pasa una cuadrilla de adolescentes que no es que metan ruido, es que es el único ruido que se escucha.
Los tenderetes ya empiezan a recoger, es el último domingo de septiembre y saben que el verano se les ha escapado.
Uno de los dos hombres se levanta y pasa por mi espalda, huele a una mezcla de tabaco y perfume que me envuelve y se queda conmigo. Usa dos relojes y tiene el bigote teñido de nicotina. 
Aparecen dos mujeres, del mismo perfil que el resto, ¡justo ahora que se me está acabando la cerveza! Camisetas ceñidas blancas, pantalones coloridos, pieles acartonadas y melenas escasas de pelo rubio tirando a blanco.
Me sorprende que todos son delgados, no hay nadie que resalte excepto yo, que bebo cerveza, bajo la media de edad, llevo pantalón corto, he llegado en un longboard y no paro de mirarles y escribir.
Porque el camarero es uno más, también lleva camisa blanca, la misma edad que sus clientes, bigote como la gran mayoría y en lo único que se desmarca es en que lleva gafas de leer y mira por encima de ellas, como yo.
Es la playa de Ses Figueretes, en el Hotel que lleva su nombre, es ese Benidorm Pitiuso que tanto me gusta, es ese encanto que tiene la decadencia.
De pronto suena “You Got It” de Roy Orbison y pienso que nada puede salir mal, me voy a pedir otra cerveza.

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Me importa un carajo.

El problema está en que tenemos demasiada información, vemos las películas alertados por cosas que pasaron en el rodaje, vamos a los restaurantes con las expectativas ya creadas y sin ánimo de cambiarlas, leemos novelas conociendo rasgos íntimos del escritor, hemos perdido el filtro de la sorpresa.

Me cansa cuando me dicen que como puedo leer a Reverte si es un gilipollas y a mí que más me da, si cada libro que saca me excita más que el anterior, si cada artículo que leo me remueve igual, para bien o para mal. No tengo ninguna intención de conocerle en persona ni de saber cómo es, lo que quiero es que escriba y que cuando pueda tener su libro en mis manos, cada pagina me lleve a la siguiente y sea capaz de quitarme el tiempo, el sueño e incluso las ganas de comer.

No me importa si este o aquel actor no te saludó en la orilla de la playa cuando te lo cruzaste, me da igual que menganito o fulanita no se quisiese hacer una foto con tu hija en el txiringuito, que más me da a mí si lo que me gusta es verles actuar, si por lo que les admiro o no, es por su trabajo.

Del delantero centro de mi equipo solo espero que meta goles, del patrón de mi trainera que haga que seamos los más rápidos, de mi carnicero que me de las mejores piezas y de mi prima que sea una buena hija, una buena madre y una bellísima persona, porque no se ni en que trabaja.

Seguiré leyendo libros de autores de los que me importa una mierda su ideología política, celebrando goles de quien me la trae al pairo su condición sexual, seguiré emocionándome con versos de poetas a los que ni tan siquiera pongo cara e iré a comer con las única expectativa de saciar el hambre y si además disfruto, igual hasta salgo cachondo de allí.

¡A la mierda!

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Mi equipo.

“Te quiero en mi equipo porque eres tan diferente que me recuerdas mucho al resto.”

A los que saben lo que se sufre al ir al colegio y no tener más que un amigo o dos, o incluso ninguno; a los que saben lo que se vive al bailar a solas ante el espejo con el pestillo de la puerta echado; a los que disfrutan del rato de felicidad que da saltarse el régimen comiendo un bollicao a escondidas. Solo ellos saben cómo se vive, pero a todos ellos los quiero en mi equipo.

También a los que son capaces de cruzar ciudades mirando al cielo sin perderse; a los que saben esperar su momento aunque nunca llegue; a los que ven poesía en una mirada, en un charco de barro, en una ducha de agua helada; a los que saltan las olas y a los que las pasan por debajo. A esos también los quiero en mi equipo.

A los que fueron defensas porque los buenos querían ser delanteros; a los que pasaban frío en el banquillo; a los que no faltaban nunca a un entrenamiento; a los que les regalaban guantes de portero en vez de balones; a los que nunca entendieron de posiciones en el campo; a los que jamás metieron goles; a los que siempre supieron que no serían futbolistas. A esos también los quiero en mi equipo.

A los que aprobaban todo sin despeinarse; a los que no aprobaban nada a pesar de su esfuerzo; a los líderes que nunca me dejaron de lado; a los que me dijeron que yo era su mejor amigo. Les quiero en mi equipo.

A los que nunca pensaron en escribir un libro y a los que se empeñaron y lo consiguieron; a los que persiguen sus sueños y a los que escapan de ellos; a los que cambian el sabor del salitre y el tacto de la arena por las losetas del despacho y el café de la máquina; a los que la guapa de clase nunca les dedicó un minuto, ni se aprendió su nombre; a la guapa de clase que fue incapaz de aprenderse los nombres de todos a causa de su dislexia. Todos me representan y los quiero en mi equipo.

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Conversaciones.

-Buenos días caballero ¿una ayudita?

-Buenos días señor ¿Ayudita? Si vive usted mejor que yo.

-La verdad que no me puedo quejar, se vive muy bien en Ibiza, aunque sea en la calle.

-Si, ayer cuando llegué de trabajar ya estaba durmiendo y esta mañana al irme seguía dormido. Ahora está sentado a la sombra con un pitillo y una cervecita.

-Tiene razón, si quiere le invito a una, me está yendo muy bien la mañana.

-Muchas gracias pero hoy ando con prisa, otro día sin falta, que tenga un buen día.

-Igualmente caballero.

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Emi.

Imaginen ustedes que son oriundos de Necochea (la casa de Eneko), una pequeña ciudad de apenas 100.000 habitantes, cuna del “tigre de Quequén” ubicada en la provincia de Buenos Aires, bien cerquita de Mar del Plata.

Imaginen que recorren más de 10.000 kms y aparecen en Ibiza, encuentran trabajo, casa y se enamoran.

Ahora imaginen la alegría que puede llegar a sentir una persona que no se encuentra a algún paisano, sino a alguien que tuvo una novia, que vivió allí o que simplemente conoce Necochea, la distancia hace que cualquier historia se vuelva re linda, por pequeña que sea.

Sigan imaginando y pónganse en el lugar de esta persona, que además es aficionada al fútbol (Argentina va a salir campeón) cuando se encuentra con un jugador de la albiceleste y este charla durante un rato con ella.

Esto es lo que le está pasando a Emi en Ibiza, ella no lo tiene que imaginar, porque salió de su pequeña ciudad como muchos otros Argentinos para coger aire y perspectiva, junto a Frank forma una de esas parejas que te hacen la vida más agradable y además tiene la suerte de encontrarse con gente a la que en la distancia admira mucho más.

Yo no soy groupie, pero si estuviese en su situación lo sería, no soy mitómano, pero si me cruzo en una playa de Necochea a Inaxio Kortabarria a más de 10.000 km de mi casa, me haría una foto con él, aunque aquí coincidamos a diario en la cola del súper.

En la foto, Emi y el gran Claudio Caniggia “el hijo del viento”

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