Con los pies descalzos. 

En la adolescencia, esa etapa en la que tu cabeza va por un lado y tu cuerpo por otro, siempre soñaba con que mi vida mejorase. Soñaba con que se terminaran mis traumas, con que esa chica por fin me mirara, con que mis hermanos me aceptaran, con que mis padres me entendieran y así un largo etcétera. Con el tiempo y después de haberlo vivido, me doy cuenta de que mis padres ya me habían aceptado aunque yo no pusiera nada de mi parte. Con el tiempo esa chica y alguna otra me miraron, también mis hermanos me aceptaron y mi vida siguió su curso. 
Años más tarde aprendí a disfrutar de cada momento. Sin querer me di cuenta que el mejor momento es el ahora y que lo que está por llegar no será mejor ni peor, sino diferente. Aprendí a mirar a las chicas y no esperar cabizbajo a que me mirasen ellas. Aprendí a comer, a probar y empecé a cocinar. Hubo veces que me creí que estaba muy arriba y hubo otras (la mayoría) en las que me tocó tocar fondo y volver a empezar. Y fue ahí cuando me di cuenta de que la vida es eso, un sube y baja donde tienes que tocar el suelo para volver a empezar, volver a reinventarte, pero cada vez con más impulso. La vida es eso que pasa entre un desayuno y el de el día siguiente, por eso no hay que perder el tiempo esperando. 

Mientras tanto hay que tocar suelo, a poder ser con los pies descalzos y no esperar estar siempre volando, como en esos sueños en los que planeo, en los que me siento tan fuerte que nada me puede hacer caer. Pero eso son solo sueños y yo estoy pelando unos espárragos, mientras disfruto del tiempo que pasa, pensando en el almuerzo, que hace ya dos horas que he desayunado. 

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La política y el rabo estofado. 

  

Ayer volví a votar y lo hice con la misma desgana con la que lo llevo haciendo desde que cumplí los 18, con la misma falta de ilusión, de compromiso, con la misma sensación de hartazgo. 
Sé que esto no le va a importar a nadie y mucho menos a los políticos, pero me apetece decirlo: a la política le falta honestidad, esto no es nada nuevo pero también le falta enjundia.
Según la RAE, además de a la gordura de los animales, la enjundia se refiere a la parte más importante y sustanciosa de algo no material además de a la fuerza, el vigor y los arrestos. 
La política y los políticos carecen de enjundia, porque no les interesa, porque no rinden cuentas ante nadie y no se avergüenzan de hacer mal su trabajo. Les faltan arrestos para acarrear con sus malas decisiones, les falta el vigor que cualquiera tenemos que demostrar en nuestro trabajo. Les falta esa parte no sustanciosa que hace que una salsa de rabo estofado tenga enjundia, ese algo no material que ni se ve ni se toca, pero se percibe y se disfruta al untar el pan, manchar la servilleta e incluso ir al baño después de una buena digestión. 
Porque para ser feliz hay que cagar bien y los políticos son esos seres estreñidos, envidiosos, codiciosos y cobardes que no son capaces de vaciarse y disfrutar de un guiso con enjundia. 

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Mi tradicional resumen anual. 

  
“OJALÁ QUE LAS HOJAS NO TE TOQUEN EL CUERPO CUANDO CAIGAN”
Silvio Rodríguez. 

Ya estoy aquí con mi resumen anual. El año pasado acabé diciendo que este año sería otra persona y así ha sido, hay días que ni me reconozco aunque ya me estoy acostumbrando. Parece ser que la montaña rusa en la que me subí ya está parando y es de agradecer, tanto tiempo de subidas y bajadas, tanto tiempo despeinado, me estaba empezando a cansar. 

  
Ya lo he dicho muchas veces, soy un tipo con suerte y he nacido con una flor en el culo, aunque las flores no viven solo de abono, también hay que regarlas e incluso ponerlas al sol, en definitiva, la suerte se tiene pero también se busca. 
El secreto está en trabajar, cuando la palabra trabajar engloba todos los aspectos de tu vida, trabaja tus relaciones, tus amistades, tu trabajo, tu familia, tu felicidad, tu cabeza, trabaja el día a día y sueña con que mañana será aún mejor. 

Trabajo donde quiero y con quien quiero, solo me falta el cuando quiero. Reconozco que hay veces que por mucho que me guste mi trabajo me quedaría en la playa, que me gusta más, pero eso también es trabajar. Además lo hago por dinero, pero también por amistad, por aprender cosas nuevas, por sentirme útil y por estar entretenido. Con esto último quiero reivindicar que estoy a favor de trabajar gratis, siempre lo he hecho y lo seguiré haciendo mientras me llene y me siga aportando cosas. 

Mi queso preferido este año ha sido el Ossau Iraty, me quita el sueño, me aporta cosas que mi cabeza necesita, me sube el colesterol para que lo compense yendo a correr, me pone cachondo. 

No sé si será falta de memoria o dejadez pero creo que el mejor mes ha sido noviembre, si Mercero levantara la cabeza haría una segunda parte de “Verano Azul” pero en noviembre y en Donosti. 

Como cada año hay gente que me entretiene mucho y hay otros que me aburren tanto… Son esos que hoy son CHARLIE, mañana son PARÍS, pero KABUL no, que eso les pilla muy lejos o andan sin Wifi y no pueden cambiar la foto de perfil. Esos mismos que se plantan un lazo rosa, una bandera francesa y se pintan el culo del color del arco iris dependiendo de lo que se lleve, me aburren tanto…

  
Y ya con esto termino, antes de seguir diciendo tonterías. Si Alá lo desea (ojalá) el año que viene seguirá siendo tan bueno como todos, con sus pequeñas cosas y sus grandes momentos, con las nuevas amistades y las perdidas para siempre, con los viejos y los nuevos amores, con la familia que todo lo puede. Este año prometo no cambiar, prometo quedarme con las mismas raíces, si acaso, cambiaré las hojas en otoño, pero por pura cortesía ante el resto, por no ser el raro; aunque últimamente lo raro es ser normal y yo ya no sé lo que es eso. 

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Cuatro horas corriendo. 

 Viendo el maratón de Donosti al paso por el kilómetro 40 no puedo dejar de imaginar la historia de cada corredor que pasa delante de mí. ¿En qué estarán pensando? ¿Cómo se habrán planteado la carrera? ¿Qué les ha llevado hasta aquí? Y pienso en esa manía que tengo de dividir las cosas en partes, a cada día le voy poniendo metas y divido la llegada a cada una de ellas en tramos que voy superando. 

Así es un maratón para mí, que no divido por kilómetros sino por horas, cambio los 42.195 metros por 4 horas y las voy pasando mientras intento no pensar en el final. 

La primera es de adaptación, es donde debo sentirme cómodo, olvidarme de lo que me falta, busco mi ritmo e intento no pensar y disfrutar del paisaje. 

La segunda es una hora feliz, ya no me acuerdo de que estoy corriendo, normalmente paso el ecuador y no hay molestias ni bajones de moral. Todo va bien. 

La tercera es muy parecida a la segunda pero al final se puede complicar, las dudas empiezan a aparecer, empiezas a verte más cansado de lo que estás. La sed se vuelve en tu contra, no puedes parar de beber y nunca te sacias, también puede aparecer el hambre y empiezas a buscar soluciones cuando las únicas soluciones están en tu cabeza y en olvidarte de ello. 

La cuarta y última es el maratón en estado puro, es una montaña rusa de sensaciones donde lo mismo te asalta la euforia al ver a algún conocido entre el público que te vienes abajo pensando en que no puedes más. Es la esencia de la superación, es la parte que no conoces porque en los entrenamientos nunca llegas tan lejos, es donde te la juegas de verdad para llegar o no llegar. Aquí influyen todos los factores, mucha hidratación y algo sólido para llenar el depósito que ya traes en las últimas desde el final de la tercera hora. En mi caso es un pozo sin fondo, creo que podría comerme un cordero asado o un buey relleno mientras avanzo hacia meta. La paciencia también es importante, el saber aguantar, esperar, sufrir, porque la paciencia también es selectiva y aquí es donde te abandona y te pide que te retires. 

Y por último está el final, los últimos metros donde las emociones se agolpan y subes al punto más alto de la euforia, llorando y riendo sin ningún sentido, disfrutando de un dolor y un cansancio que se hacen soportables por arte de magia. 

El maratón es grande y poder vivirlo aunque sea como espectador es además de emocionante eso, 4 horas corriendo, más lo que me retrase. 

 
Foto Iñaki Tellería. 2010


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La vida, eso que pasa. 

Hay días que, sin darnos cuenta, se nos escapan de las manos. Sin habernos reído, sin haber cocinado, sin habernos equivocado al hacer algo, sin haber soñado. 
Porque la vida es eso que pasa mientras no estamos haciendo lo que nos gusta. Es eso que pasa mientras se cuece un cocido y el olor invade la casa, nos trae recuerdos, nos da más hambre aún de la que tenemos y nos hace más fácil la espera. 

La vida es eso que pasa en todo momento, incluso cuando dormimos, cuando estamos cabreados, cuando estamos solos y no vemos el placer de estarlo. La vida es eso que pasa y que te deja marcas, de las que duelen y de las que dan placer. La vida es eso que pasa y no la pienso dejar pasar ni sin sufrirla ni sin disfrutarla. 
Así que si la vida es eso que pasa, que pase. 

  

Foto @marta_olass

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