Prohibido escupir.

Aún recuerdo aquella frase que se hizo tan conocida: “Prohibido prohibir” Valiente tontería… ¿Qué sería de nosotros sin prohibiciones, si tuviésemos que depender de la educación y el respeto?

Es una quimera pensar en una sociedad sin límites, viviríamos perdidos en el caos. A los niños se les nota más fácilmente la falta de normas, pero todos las necesitamos, como el aire para respirar, no somos nadie sin límites.

Se tuvo que prohibir fumar en los espacios públicos porque los fumadores no habían sido capaces de dejar de hacerlo por respeto. Se prohíbe que los perros vayan sueltos porque los dueños no son capaces de educarles. Se prohíbe mear en un portal de madrugada con amenaza de multa porque no somos capaces de aguantarnos. Se prohiben los móviles en muchos sitios, y poco a poco se irán prohibiendo en más, porque no somos capaces de no molestar si no nos obligan a hacerlo.

Así que nada de prohibido prohibir, necesitamos limites, algunos más que otros y carteles como este cada vez son más necesarios.

He trabajado en muchos restaurantes y comido en muchos más y hay una cosa que me sigue sorprendiendo, ver cómo la gente no sabe comportarse. Y no ya sentada a la mesa, sino desde el momento en que hacen la reserva o se presentan sin ella.

No depende de la clase social ni de lo hinchada que esté su cuenta corriente, es simple falta de educación. Tenemos a los que se indignan si no tienen mesa, a los que acampan en el comedor como si fuese el salón de su casa, a los que no respetan al servicio… por suerte no son mayoría, pero son los que hacen daño. Aún y todo a los que no entiendo son a los que no distinguen dónde están sentados, me explico: la gente piensa que por estar comiendo en un restaurante de relumbrón, estrellas o lo que sea se tiene que comportar como un palo, no se ríe, no unta el pan en el plato, no se dirige al camarero, habla lo más bajito posible e intenta ser una persona que no es. Así, el mismo cliente levantará la voz lo que le dé la gana, tratará al servicio como le venga en gana, sacará el cerdo que lleva dentro y no respetará al resto de clientes al sentarse en un restaurante barato, sin medir la honestidad del sitio ni esconder su mala educación. En definitiva, que cuanto más se paga, más se debería poder exigir, pero lo hacen justamente al contrario y eso es, y perdón por repetirme, falta de  educación. Porque el que la tiene sabrá comportarse en la churrería de la esquina, en el bar de menú del trabajo y el último tres estrellas Michelín. Y para el que no la tiene habrá que seguir poniendo carteles y prohibiciones para que aunque no aprenda, se comporte por un rato.

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Propósitos.

Es tiempo de hacer mi tradicional resumen anual aunque esta vez venga escondido en forma de propósitos para el año próximo.

Estar agradablemente cansado, limpiarte las legañas, pensar que no te miran al rascarte, dormir sin nervios, soñar en color, merendar pan con chocolate, vaciar bolsillos, estar siempre recién afeitado, acariciarte el muslo, que nunca se acabe ese momento, comerte las migas, oírte hablar, olerte de lejos, empezar un jamón, abrir una lata, que la ropa ya esté seca, verle meter un gol, destrozarte el maquillaje, que me invites a café, sentirte querido, que no te dejen nunca, que los pelos de la nariz no crezcan, que los cordones no se desaten, que las llamadas no sean de más de 1 minuto, que te dure la sonrisa, estar siempre en guardia, ni una siesta más sin sexo, pasear por la orilla, coger la ola buena, flotar, beber de la jarra, comer de la cazuela, robar naranjas, pisar charcos, saltar tapias, correr liebres, que las sábanas siempre estén limpias, que te quedes a cenar, que te sientes a mi lado, que llueva llegando a casa, guardar las pelusas del ombligo, vivir sin planchar, acabar de barro hasta las orejas, beber los posos, oler a lúpulo, saber a cereza, seguir cantando mal, tener tres manos, verte despertar, planear, que se extienda la empatía, que se ponga de moda la educación, que nos guíe la cabeza y que nos pierda el corazón, no pido más.

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Pepa y yo.

Yo casi tuve una novia que se llamaba Pepa, vivíamos a 100 km de distancia pero la verdadera distancia la marcó la diferencia de edad que había entre nosotros.

Pepa trabajaba en Alonso Martínez y yo a la mínima ocasión me cogía el coche y me plantaba en la Castellana en menos de una hora, giraba a la izquierda en Concha Espina y aparcaba en Prosperidad, cerca de su casa. De ahí me cogía un metro a Chueca y dando un paseo aterrizaba en Santa Bárbara, elegía una mesa lo más cerca posible al ventanal, me pedía una caña y media ración de gambas de Huelva cocidas. Veía pasar la vida desde mi mesa, esperando a que Pepa terminase de trabajar y nos fuésemos a picar algo y seguir de cañas.

La primera vez quiso sorprenderme llevándome a una franquicia de nombre Americano donde olía a Ketchup, cerdo asado y brasas falsas. Dejé clara mi postura y desde ese día nos dedicamos a recorrer los mejores bares y tascas de Madrid.

Estuvimos un tiempo haciendo lo que más nos gustaba, que además de comer y beber también era ir a conciertos, ver películas en el cine y sentarnos en cafeterías con solera a leer y echar la tarde sin preocupaciones.

Pepa soñaba, supongo, con encontrar al hombre de su vida, casarse y tener algún hijo. Yo en cambio, solo soñaba con pasar la noche con ella. Cuando volvíamos a casa a las tantas de la noche y tomábamos un Cola-Cao con galletas, ella se iba a dormir y yo volvía a mi casa, a 100 km de distancia. Jamás me quejé, aunque hubiera dado mis pantalones preferidos por quedarme a dormir allí y pasar la noche con ella.

Hoy he vuelto a la Cervecería Santa Bárbara, 20 años después. Me he acordado de Pepa, nunca he vuelto a saber de ella. La imagino felizmente casada a sus 55 años y con hijos universitarios, saliendo de trabajar, cogiendo el metro mientras escucha canciones de Nick Lowe. Ese que tanto me hizo escuchar a mí porque pensó que me gustaba, pero me entendió mal, a mí el que me gustaba era Meat Loaf, aunque nunca le corregí el malentendido. En el fondo yo solo quería pasar la noche con ella… ¡Qué más me daba la música!

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EL VIEJO SUEÑO DE VOLAR.

Supongo que será imposible, porque sino ya estaría inventada. Me refiero a la sensación de volar al subir a un avión.

Porque el viajar en avión se ha convertido en un trámite para mí, como imagino que le pasará al resto de la gente. Recuerdo la primera vez que me subí a un avión, ya pasada la veintena (nunca fui precoz en nada). Subí con una mezcla de miedo y emoción, era la primera vez que iba a volar y pensé que iba a vivir esa sensación, la de el viejo sueño de volar. Al poco de despegar se fueron al traste mis ilusiones, se me pasó la emoción y no sentí ningún miedo, ya que nunca lo siento cuando me encuentro en terreno desconocido, sabedor de que nada está en mi mano en ese momento y… ¿para qué preocuparme?

Así que aún sigo persiguiendo ese sentimiento tan real en mis sueños, en los que salto y gracias al agitar de mis brazos, consigo mantenerme en el aire y “volar”.

Hace poco mi amigo Iban me mandó un vídeo en el que, a través de la pantalla del móvil, sentías el planear, sentías la altura y la libertad de volar gracias a una cámara incorporada a un águila.

Tampoco es comparable, pero la sensación que tienes cuando coges una ola y te deslizas sobre ella subiendo y bajando es lo más parecido o lo más cercano que he estado a volar.

No entiendo por qué todavía, cuando ya se han inventado hasta las sensaciones en la comida, con cocineros-científicos-estrellas que gracias a un bocado, una visión, un aroma, te hacen sentir sensaciones que no están a tu alcance; como dar un bocado al Mediterráneo en un pueblo de Toledo, sentir el aroma de los pastos Segovianos al morder una chuletilla de cordero en Alicante, vivir la sensación del roce de la mano de una marisquera de Sanxenxo al comer unas almejas en salsa verde en pleno centro de Burgos, nadie ha sido capaz aún de recrear algo parecido a volar mientras vuelas.

Ya lo cantaba “Tanguito” en El amor es más fuerte:

Pueden jurar que no es verdad

el viejo sueño de volar,

pueden guardarte en una jaula por nada.

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Langostinos al Whisky.

Qué cierto es eso de que hay sabores que te hacen retroceder años, recuerdos guardados en forma de imagen o aroma, momentos inolvidables a los que un día volvemos y sentimos muy cerca por mucho tiempo que haya pasado.

Me ha pasado esta mañana con un post de “Directo al Paladar”, ha sido como retroceder 30 años o quizás más. Cuando mi padre cogía aquellos langostinos gigantes y los abría en dos como un libro, los colocaba con la piel hacia abajo y les echaba sal, aceite y ajo picado. Metía la fuente al horno precalentado y antes de que se terminasen de hacer añadía generosamente un chorretazo de whisky y les daba fuego.

Recuerdo a mis hermanos y a mi madre con la servilleta a modo de babero (esto no pasó) esperando la bandeja en el centro de la mesa, humeante, con algún bigote de langostino aún en llamas. El porrón de cerveza con gaseosa pasando de mano en mano a tiempo controlado, los nervios de la comida de domingo, el único día que comíamos todos juntos. La tensión por acabar pronto para ver el último capítulo de Colombo, escuchar en la radio los partidos de liga o para bajar a la calle, a dar patadas a las piedras.

Era la sofisticación en estado puro, alta cocina a nuestro alcance, el lujo de la comida de los domingos. Creo que fue el plato estrella durante años y me sorprendo de no haber pensado jamás en hacerlo, me había olvidado de él por completo. Comida viejuna con aires de nostalgia que habrá que recuperar.

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