La Plaza del Diamante.

En enero de 1984 el estreno de una serie en la tv era uno de los acontecimientos más importantes que podíamos tener y “La Plaza del Diamante” no lo fue menos. A mis 13 años recién cumplidos no supe apreciarla, aunque me dejó muy marcado. Tengo la imagen de Silvia Munt soltando las palomas en la azotea de su casa y gritando “vuela Colometa, vuela” como si la hubiera visto ayer.

Unos años más tarde, en el invierno del 93, mientras trabajaba para Adriá en Barcelona, me enamoré de la Plaza del Diamante y del barrio de Gràcia. Llegué a comprarme el libro de Mercè Rodoreda en catalán pero nunca lo leí. No recuerdo bien a quién se lo regalé, si a la estudiante de biología que me ponía ojitos mientras trabajaba en la UPC en Pedralbes o a la pintora que estudiaba en Olot, me tenía loco y dejaba los cuadros a medio terminar.

Hace poco me encontré este ejemplar en una biblioteca y hoy he empezado a leérmelo, es una de esas cosas pendientes que tenía por hacer y ahora es el momento.

Es el momento de volver a vivir la fiesta mayor del barrio de Gràcia cuando se avecina el final de la segunda república, la dureza de la guerra y civil y las penurias de la post guerra contadas por Mercè Rodoreda, volver a caminar por la Rambla con sus paradas atestadas de flores, llegar a Portaferrissa, Plaza de Catalunya y subir por Muntaner hasta la Diagonal, pasar la tarde en el parque Guell y volver a última hora a la Plaza del Diamante. Imposible imaginármelo sin los ojos de Silvia Munt grabados a fuego desde hace 35 años “vuela Colometa, vuela”.

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Miguel Delibes.

A veces mientras estoy leyendo un libro y lo estoy disfrutando pienso en releerlo, pero no terminarlo y volverlo a coger al cabo de un tiempo, sino volver atrás las páginas, cada dos o cada cuatro y recrearme en ellas.

Hasta ahora solo era un pensamiento y nunca lo había llevado a cabo, pero me encontré con Delibes y vi que era mi oportunidad, leo cosas que no necesito releer una vez sino dos y hasta tres, las veces que haga falta, y cuanto más lo leo mas me gusta, porque me paro, lo ojeo, lo disfruto, me vuelvo a reír si me he reído y me dan ganas de quedarme a vivir en algunas páginas.

Se que suena pedante contar esto pero es lo que me está pasando con los libros de Miguel Delibes, los empiezo y no quiero que se terminen. Soy de crearme mis propios Dioses y ahora tengo uno nuevo y es escritor y de Valladolid, porque cada uno encuentra el glamour donde quiere,no solo en el cielo de Manhattan o en un paseo por el Senna, sino en los secos campos de Castilla, se une a mis otros Dioses, todos ellos tangibles, Maradona en el fútbol, Marino Lejarreta en el ciclismo, Mark Knopfler a la guitarra, Cannonball Adderley al saxo y Martín Berasategui en la cocina, mi primo Paco a los mandos de una cosechadora en un campo de cebada y su hermano Miguelín cazando ranas en la charca de la trasera de casa de mi tía Chencha, Diosa indiscutible del cocido y los torreznos.

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Un agujero en el zapato.

Empiezas notando el calcetín un poco mojado y cuando te quieres dar cuenta, los pies ya están encharcados.

En la vida pasa lo mismo, es como un zapato pero con arreglo. Porque hoy en día los zapatos ya no se arreglan, cuando se les hace un agujero hay que comprar unos nuevos. Así me lo recomendó mi zapatero de cabecera la última vez que le llevé unos para arreglar.

Y lo mismo pasa con todo lo demás, las lentejas que se empiezan a agarrar en el centro de la olla, la manzana del cesto que empieza a ponerse mala, la planta que empieza a marchitarse… Son detalles imperceptibles al principio, pero que con el tiempo acaban siendo como un agujero en el zapato, empiezas a notar el calcetín un poco mojado y cuando te quieres dar cuenta te has calado hasta los pantalones. Un simple agujero en el zapato hace que tu comodidad y tu vida tranquila se tambaleen y tengas que tirar las lentejas a la basura, aprovechar las manzanas para hacer una compota y bajar a buscar un ramo de flores nuevo.

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Miguel Delibes como terapia.

Me pasa mucho cuando leo, aunque un libro no me enganche, soy incapaz de dejarlo sin terminar y alguno que me está gustando, me defrauda al final y me quita las ganas de leer.

He descubierto que para quitar el mal sabor de boca que deja un libro que no me ha gustado, necesito otro que me enganche rápidamente y así es como la vuelta a los clásicos me salva de los “truños”.

Últimamente no doy una y voy de fracaso en fracaso, pero gracias a eso he vuelto a leer “Los santos inocentes” y “Las ratas”. He descubierto “El cazador” y estoy disfrutando con “Señora de rojo sobre fondo gris”, Miguel Delibes como terapia de salvación.

Y si además de eso, el libro rescatado de la biblioteca de mi madre con su precio escrito a lápiz (1500 pts), trae un marca páginas de cuando tan solo teníamos que esperar una hora para revelar nuestras fotos, mejor que mejor. Porque lo de esperar varios días para ver cuántas fotos valían de tu último carrete de 24 sonará muy romántico, pero era una auténtica tortura.

1999 no es tan lejano, yo tenía negocio propio a medias con mi hermano, compré mi primera casa, tuve mi primera sobrina y no sé qué leía entonces, seguro que poco porque tenía otras prioridades, pero sé que no era a Miguel Delibes.

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IBIZA

Os voy a contar algo que no le interesa a nadie:

Estaba sentado en la orilla de la playa, con los pies en el agua, leyendo un libro de Murakami y escuchando una playlist que encontré ayer y que parece que está hecha para mi.

Acababa de tener una llamada telefónica que me había dejado un buen sabor de boca. Nuevos proyectos laborales y placer, la conversación perfecta.

Vuelvo a la orilla, febrero, 18 grados, manga corta, nadie en la playa, toda la tarde por delante y esa sensación de que nada puede salir mal.

Pero de repente me tengo que ir, cojo la bici y salgo pitando para casa.

La felicidad me invade, nada puede ir mejor, el apretón ha llegado en el momento perfecto.

Las pequeñas cosas, por mucho que tengas, son las que al final valen la pena; que mucha playa, mucho Murakami y mucho postureo, pero lo que de verdad importa ya sabemos lo que es.

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