Este post no va sobre Catalunya. 

A veces asusta e incluso es difícil de creer, pero cada año es bueno, cada año es mejor que el anterior. Eso pasa porque no dejamos de trabajar, de pensar, de creer y de crear, de pasear, correr, bailar y soñar. De soñar, nunca hay que dejar de soñar, ni de comer tortilla de patatas, porque es lo que nos da la felicidad. 
No dejamos de pasar baches, de recibir hostias, de sentir que las noticias son siempre malas noticias. No dejamos de llevarnos decepciones, de ver cómo esas ideas “geniales” no llegan a nada, de saber que todo no tiene arreglo.

Pero esos son los momentos de vida que nos harán olvidar las desgracias, los que quedarán en la memoria para saber que esta vez nos hemos vuelto a superar y hemos sabido disfrutar. Para llorar, pero de risa, bajar el volumen de la tristeza y entregarnos al placer de comer, que es en sí, plena alegría. 

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¡Para eso están los bares!

Ahora que está tan de moda la publicación de tickets de bares y restaurantes en las redes sociales; ahora que está tan de moda el escarnio público y el meter a todos los hosteleros en el mismo saco; ahora que está tan de moda erigirse en defensor del cliente, yo me posiciono al otro lado de la barra. 
Qué fácil es criticar, qué fácil es publicar una foto y más aún comentar en ella y aplaudir al héroe que pagó una barbaridad por una caña y un pincho y que jura que nunca más volverá y anima a todos los que leen a hacer lo mismo. Qué fácil es exigir sin demostrar nada a cambio, qué fácil es hablar de más, qué fácil es apuntarse a las modas. 
Lo difícil es estar al otro lado de la barra, donde tienes que ser alto, guapo, simpático y tener una dentadura impecable. Donde tienes que tener modales de lord inglés, si eres mujer mejor y si estás de buen ver mucho mejor. Que a nadie le importa lo que cobres, si el bar es tuyo, si pagas un alquiler, si llegas o no a final de mes… te van a exigir siempre que des el 200%
¡Ay de ti como tengas un mal día y se te seque la tortilla! ¡Ay de ti como no sirvas la caña perfecta y en copa de fino cristal! ¡Ay de ti si las croquetas no son mejores que las de mi madre! ¡Ay de ti si tienes el mínimo fallo! Porque yo soy el cliente y vengo a exigir, no vengo a disfrutar, no, vengo a exigir y quiero un bar limpio, con un baño impecable que tenga papel, jabón y espejo donde atusarme el flequillo. Quiero una barra llena de pinchos, que por supuesto estén todos recién hechos, quiero que me traten como me merezco, que el periódico esté libre y que la música esté en su justo volumen, que para eso tomo aquí café todas las mañanas. Que por poco más de 1€ me merezco todo eso y más.
¿Para qué voy a criticar a la cajera del banco, que me cierra la puerta en las narices? ¿Para qué voy a criticar al funcionario que me ha hecho esperar más de media hora porque he tenido la ocurrencia de venir en su hora del almuerzo? ¿Para qué voy a criticar al arquitecto del ayuntamiento que no es capaz de arreglar el acceso a mi portal? ¿Para qué voy a criticar nada? ¡Para eso están los bares!

Una mañana cualquiera en el Larra. Donde aún no ha llegado la crítica feroz, los comunity managers, los influencers y los descubridores de nuevos garitos. 

Al bar se va a calmar la sed, el hambre, la gula; al bar se va a hablar de fútbol, a hacer negocios, a reír; al bar se va a disfrutar, a comer tortilla, a desconectar. 

Hay bares para todos, así que elige bien y disfruta. 

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Los tiempos no cambian tanto. 


Piernas de niño, de cualquier época. 


Estoy harto de leer lo divertidas que eran vuestras infancias, lo bien que os zurraban vuestras madres con la zapatilla, lo bien que vuestro abuelo se hacía respetar y el buen recuerdo que tenéis de él, aunque no os dirigiera la palabra. 


Estáis encantados con la tele en blanco y negro, pero la veis a todo color con pantalla no sé qué tal y sonido no sé qué cuál. Lo mejor del mundo son las canicas pero habéis comprado a vuestros hijos todo tipo de juegos carísimos aunque las canicas las sigan vendiendo, incluso más baratas que antes. 


Os enorgullece contar que de pequeños solo teníais dos canales y con eso os bastaba, pero por si acaso ahora habéis contratado el pack que incluye todas las pelis, los partidos, las series y yo qué sé cuántas cosas más, sí, contratadas por vosotros, no por vuestros hijos. 


Os recomiendo una cosa: que vayáis al parque, al patio del colegio, a la plaza de abajo y que veáis jugar a los niños, es una maravilla, es diferente porque los tiempos cambian y da igual que sean mejores o peores, da igual a lo que jueguen, da gusto verles y no tienen que pasar por lo mismo que pasamos nosotros, igual que nosotros no pasamos por lo mismo que pasaron nuestros padres y así sucesivamente. 


Los niños tienen lo mismo que teníamos pero además nos tienen a nosotros y en muchas ocasiones también tienen a sus abuelos, tienen ordenadores, tablets, botas de fútbol sin agujeros, campos de fútbol sin charcos, canastas de baloncesto con red, pantalones sin rodilleras, gorros de lana que no pican, balones de fútbol que no pesan, coches con calefacción y aire acondicionado, ropa de su talla, calcetines sin agujeros e incluso piojos, siguen teniendo piojos y eso, os guste o no, significa que todo sigue igual. Que son niños y se divierten a su manera, se manchan, tienen las rodillas llenas de postillas, si el plátano está negro no se lo comen, piden helado todos los días del verano, se cabrean al irse a la cama o a la ducha y rescatan con una cuchara la galleta que se ha humedecido demasiado de el fondo del ColaCao. 


Lo mejor no fue lo nuestro no, lo mejor siempre está por venir. Cuando vamos andando hacia casa, siempre me acuerdo de mi madre diciéndonos: “me da vergüenza ir con vosotros por la calle, siempre tenéis que ser los más sucios”. 


Así que aquí lo único que ha cambiado es quien dice aquello de “lavaros los dientes de una santa vez”, “como no os calléis saco la zapatilla”, “si no te lo terminas te lo pongo para cenar y sino para desayunar mañana” y ese histórico de mi madre cuando te caías, “ven aquí que te levanto”.


Pantalón de un niño cualquiera después de jugar. La vida sigue igual. 



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Yo era moderno antes de que se inventasen los modernos. 


Debo de ser un antisistema de esos porque últimamente me veo raro o me miran raro o me lo parece a mí, no sé. 
Yo que creía que ya era moderno antes de que se inventasen los modernos, yo que quise llevar barba cuando lo más era ir afeitado, yo que era cocinero antes de que ser cocinero fuera romántico, ahora me vuelvo a ver fuera de sitio.
Debe ser que llego tarde o demasiado pronto a las cosas, el caso es que nunca estoy a la moda, el caso es que nunca llamo la atención, el caso es que no hago ruido, el caso es que no me entero. 
Leo el periódico en papel siempre con algún día de retraso. Si el desayuno es la comida más importante del día, yo le doy importancia al almuerzo. Si lo que se lleva es irte de vacaciones y hacerte selfies en la playa más azul, con menos gente, con la arena más blanca y el mojito mejor preparado, yo me quedo trabajando en Donosti y poteo por Amara, ese barrio de paso. Como con las manos y unto salsas en el plato en restoranes de relumbrón y me comporto exactamente igual en el bar de la esquina. No hago ascos a un paseo al borde del río, a un mordisco de un bocata, a un baño en cualquier sitio, a unas pipas en un banco, a una copa de vino, al roce de tu mano. Veo películas cuando ya nadie habla de ellas, como tortilla del día anterior…


Cuanto más creo que sé, más ignorante me siento. No entiendo nada de vinos, ni de cerveza, ni de comida porque estoy convencido de que cuanto más sabes de algo, menos lo disfrutas.
Vendí la moto para comprarme una bici, el monovolumen para comprarme un patinete y los zapatos para comprarme unas alpargatas. Cualquier día me vuelvo hippie con 40 años de retraso.
Yo que conocí a Berasategui sin estrellas, a Adriá cuando era un genio, a Chabeli de soltera, a la Real campeona, a los Ramones estando vivos, a Robinfood cuando era gordo y a Emma Suárez cuando molaba, me veo esquivando modas, adelantando tendencias, llegando a los sitios el último y soñando cuando todos estáis despiertos. 

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La Sopa de Pescado. 


Cebolla, puerro, zanahoria, algo de tomate, unas gotas de aceite, un chorro de brandy para famblear, vino blanco, pan del día anterior y caldo de pescado (fumet). No es nada complicado cuando llevas más de 25 años haciéndola. La verdura se rehoga bien sin que coja color, sin prisa y con poco aceite. El momento de echar el brandy es casi mágico porque ese aroma me transporta al Bodegón Alejandro y sus 21 escaleras hacia abajo; cuando antes de prenderlo chillabas para que apagasen el extractor por miedo a que la campana cogiese fuego. Después venía el vino blanco hasta dejarlo reducir, el tomate, el pan cortado a pellizcos y el fumet. Y mientras todo aquello cocía, cogías las espinas del pescado con las que habías hecho el caldo y las desmenuzabas hasta que no quedase ni un solo pedazo de pescado pegado a ellas, pescado que añadías a la sopa. Hoy en día sigo haciéndola exactamente igual, porque como bien insistía Gabri (la madre de Martín), ahí estaba la clave de una buena sopa de pescado, ahí estaba el sabor y no en los tropezones que se añaden después. 
Nunca he comido sopa de pescado pero es una de mis preparaciones preferidas. Mientras se rehoga la verdura recuerdo aquellos tiempos a finales de los 80, metidos en la cocina del Bodegón, soñando con ser cocineros. Mientras pellizco el pan, comprado siempre en el mismo sitio, no puedo dejar de acordarme de Martín, el mejor maestro que se puede tener y la persona más generosa que he conocido. Ya son casi 30 años de vivencias, de pucheros y de sopas y aún hoy no me atrevo a tirar las espinas del pescado sin antes haberles sacado hasta la última miga. 

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